De la noche a la mañana, un día un sector de los peruanos se levantó y se dio cuenta que “La China Tudela”, personaje creado por el periodista Rafo León, es efectivamente racista. Resulta sorprende porque el personaje mismo de “La China Tudela” –que ya varios años tiene en el medio peruano- es una parodia, una satirización de la mujer de clase alta peruana: racista, clasista, altanera, chismosa y mal hablada. Y, por supuesto, blanca y rubia (rubísima).

Ojo por ojo

Entonces la cosa es que los peruanos abrieron los ojos y se dieron cuenta que habían estado recibiendo gato por liebre y que la señora racista que leían durante años en realidad era la señora racista que leían (durante años). No, no he escrito mal. De hecho así se podría resumir la polémica en torno a La China Tudela, que en su última columna denomina “porcina ojo jalado” a la excandidata presidencial Keiko Fujimori Higuchi.

“Ojo jalado”, es claro, es una forma denigrante de denominar a Fujimori Higuchi en referencia a su herencia nikkei, y “porcina”, conectado al actual concepto de fatshaming. La China Tudela es…. ¡racista!, solo que en realidad, ahora La China Tudela no se llama La China Tudela, sino que se llama Rafo León, periodista de tendencia antifujimorista. Y como La China Tudela ya no se llama La China Tudela, es Rafo León es el que es el racista y el misógino. Y aquí no acaba, sino que como Rafo León, periodista antifujimorista y por ello “progresista”, es racista y misógino, debería ser condenado de forma similar a otro periodista, que también es racista y es misógino, pero que no es antifujimorista sino que es abiertamente fujimorista y abiertamente conservador. Ojo por ojo, diente por diente.

Por ello es que este movimiento de revelación súbita y de condena entre un sector de los peruanos no es gratuito, ni espontáneo, ni libre, y en realidad involucra a sectores antagónicos –o presuntamente antagónicos- de la sociedad limeña, ya ni siquiera peruana, con un largo historial de ataques mutuos, justo bajo la lógica del ojo por ojo, diente por diente. Yo-soy-moralmente-superior-a-ti vs sí-pero-tú-recibiste-plata-de-Odebrecht, solo que ahora virado a las luchas propias de la identity politics.

Este es, en realidad, el contexto en el que cientos de usuarios –ciertamente impulsados por congresistas fujimoristas en defensa de su lideresa- han saltado en las redes sociales a pedir ya no solamente la cabeza de Rafo León, sino también la de Salvador del Solar (¿en realidad era necesario ese tuit, señor Heresi?) y de la “progresía” peruana en suma. No se ha dejado de repetir el epíteto “hipócrita” a diestra y siniestra para una multitud supuestamente progresista que condena frases racistas contra la comunidad afro pero que se hace de la vista gorda cuando atacan a la lideresa del partido contra el cual se oponen.

No hay una demanda moral por parte de este primer movimiento. Y no la hay porque no les preocupa que La China Tudela, un personaje de ficción, disemine una ideología de odio, sino porque les preocupa que Rafo León, un periodista antifujimorista y progresista, escriba en contra de Keiko Fujimori y que el sector “progre” no diga nada. Pero no nos quedemos en este primer movimiento, a todas luces insulso –porque aceptar su naturalidad, su espontaneidad, es aceptar que hombres y mujeres padres y madres de la Patria se levantaron un día y (ya lo hemos dicho) se dieron cuenta que La China Tudela, un personaje diseñado para ser racista y cuyos textos han estado en circulación durante años, era racista. Y se dieron cuenta de que era racista, además, cuando atacó a Keiko Fujimori y no cuando atacó a Alejandro Toledo y le llamó “huaco” o cuando llamaba a Joy Way “chino cholo cutrero”.

El problema del autor y el problema de la obra

Pero que no haya una demanda moral válida en este primer movimiento –un movimiento vengativo y que instrumentaliza las luchas por las identidades en defensa de un caso particular mientras ignora los mismos casos por años-, no significa que no exista un tema que problematizar sobre la figura ficcional de La China Tudela como racista.

Un intento bastante superficial del problema ha sido abordado por Enrique Pasquel, de El Comercio, en un último artículo sobre “defender a Keiko Fujimori” (se entiende, de los insultos racistas de León).

Pasquel entonces retoma el primer movimiento –menciona a Phillip Butters y la respuesta del Ministerio de Cultura tanto en el caso de Butters como en el caso de León:

“la gran mayoría de personas que, con buenos motivos, saltaron en el caso de Butters callaron en esta ocasión. El Ministerio de Cultura, por su parte, también emitió un comunicado, pero con un tono muy distinto. Señaló que las frases “pueden ser calificadas como denigrantes y racistas” (se cuidó de decir que efectivamente lo son). Y a continuación precisó que “dichas frases son proferidas, dentro de un contexto de sátira política, por un personaje ficticio que es, a su vez, una caricatura de una frívola y discriminadora mujer de ‘clase alta’ limeña, lo que supone una crítica a este tipo de actitudes”.

Pero en el caso del abogado Pasquel, hay un paso más allá en este mismo argumento, pues llega a indagar en los textos de Rafo León, ya no del personaje de La China Tudela, para establecer una correspondencia entre las palabras del periodista y las palabras del personaje de ficción. Así, señala que “como muestra, puede revisarse la publicación que hizo en su página de Facebook el 24 de diciembre del 2016, en la que trata a Keiko de ‘ronsoco’, mientras que en otra ocasión, a través de la misma red social, la calificó de ‘chancha pendeja’”.

El argumento de Pasquel podría ser expresado de la siguiente forma: Rafo León “contrabandea” sus propias palabras, haciéndolas pasar por las de un personaje de ficción, por lo que en realidad hace es escudarse en el arte para lanzar ataques de corte misógino y hasta racista contra Keiko Fujimori. Y este argumento funciona mientras encontremos una correlación explícita entre las palabras de Rafo León y las palabras de La China Tudela. Pero simplemente no funciona cuando se trata de otros insultos racistas y clasistas, a menos claro, que Pasquel sienta que habría que rastrear todo lo dicho y publicado por León está vez ya no sobre Keiko Fujimori sino sobre los cholos, los negros, los chinos, y demás personajes atacados por Lorena Tudela Loveday. Y no funciona porque en realidad lo que hace Pasquel es desdoblar el problema en dos: el problema a) Rafo León y sus frases denigrantes y el problema b) La China Tudela y sus frases denigrantes, que no son el mismo problema y que requieren, de hecho, acercamientos diferentes.

El intento de Pasquel es, otra vez, el mismo intento que el primer movimiento, solamente que con búsqueda en Facebook. Phillip Butters ha sido condenado por llamar “monos, gorilas” y por decir que cuando Felipe Caicedo muerde a una persona le da “ébola”. En este sentido, Rafo León debe ser condenado por contrabandear su propia ideología racista en su personaje de ficción con el fin de atacar a una adversaria política después de buscar lo que León opina en Facebook sobre Keiko Fujimori. Pero sí hay una diferencia entre ambos, Butters y León, y una diferencia bastante grande: Butters quiere hacer pasar su racismo no como performance o metáfora literaria para criticar el racismo (incluso si este es un intento infructuoso y termina por reforzarlo), sino como lenguaje normalizado de odio en un contexto específico como el fútbol y el periodismo deportivo que da cuenta de ello.

En cualquier caso, los argumentos de Pasquel sobre Rafo León terminan por mover el eje del debate ya no a la obra literaria de sátira política sino al autor de la misma. Diríamos que el problema moral de la obra de arte ha pasado aquí a ser el problema moral del autor. Y eso no es una solución, sino un vadeo. Pero un vadeo que ha tocado carne: uno puede condenar a Vargas Llosa por neoliberal, pero no puede condenar a Conversación en la Catedral por neoliberal. ¿Puede, sin embargo, condenar a Lituma en los Andes por neoliberal?

Paréntesis teórico

Uno de los textos con mayor influencia en los últimos años es sin duda “La Muerte del Autor” de Roland Barthes. No hay tal cosa como el autor, sino que quien escribe en realidad “performa” una escritura que busca, paradójicamente, deshacerse de quien escribe. El autor es solo un punto en un entramado de textos y de discursos. Paradójicamente, este conjunto de textos y discursos exteriores a él no han hecho más que fortificar el estudio de la figura del contexto y el lugar de enunciación del autor (que tiene una vida y unas condiciones sociales y materiales dadas) para rastrear en sus obras señales e índices de su ideología.

Mario Vargas Llosa escribe, en el contexto de Ucchuraccay, un ya famoso –e infame- informe. En este informe, una de las características que arguye Vargas Llosa a la comunidad andina es el atraso y la violencia, a pesar de que investigaciones posteriores demostraron el contacto de Ucchuraccay con urbes más “modernas” de forma corriente. Lógicamente, aquí la ideología conservadora de Vargas Llosa le juega una muy mala pasada al Nobel. Años después, Vargas  Llosa publica “Lituma en los Andes”, donde aparece también (¡oh, sorpresa!) un pueblo atrasado, violento y profundamente exotizado.

La comparación es válida, en un sentido abstracto, porque nadie puede escapar de sus propios sesgos y la literatura está lleno de ellos. Sesgos, en este caso, es una forma diferente de llamar “ideología” a la representación. Y esta ideología es más o menos explícita en la obra literaria o en la obra de arte, pero está siempre represente. A cada estética, una ética y una política.

Pero la comparación también es válida en un sentido particular y concreto que ya ha sido notado, no en los textos de La China Tudela, sino sobre otro tipo de textos de Rafo León, a saber sus crónicas de viaje. Recurrente es la crítica sobre una naturaleza “costumbrista” de los textos de León, una crítica que va también en el sentido de las críticas tanto al informe como al libro posterior, ya en ficción, de Vargas Llosa

De vuelta a La China Tudela

Pero quizás es en esta segunda crítica, no sobre los textos de La China Tudela, donde podamos encontrar una luz sobre el debate sobre el racismo de La China Tudela. Porque uno podría estar o no de acuerdo en que este tipo de crítica “ideológica”, pero no por ello restarle valor.

Primera pregunta: ¿podemos acusar de racismo a un personaje –parte de la ficción, de una creación literaria- que es racista porque se burla o porque retrata el racismo?  Segunda pregunta: Si la respuesta es afirmativa, ¿en qué caso podemos acusarlo?

Una primera respuesta es negativa. Como personaje de ficción es imposible juzgar moralmente a La China Tudela, como nos es imposible juzgar moralmente al Sargento Lituma. Stricto sensu, el arte y las representaciones artísticas no debieran ser juzgadas desde preceptos morales, aunque esto no ocurre en la realidad nunca o casi nunca. La respuesta negativa, es, en este sentido, ideal pero completamente desligada de la realidad.

De allí una segunda respuesta: la obra de arte genera un sistema propio de significados a través de un pacto con el espectador o el lector, en el caso de la literatura, y es en base a ese sistema, sus coherencias y sus repercusiones que debe ser juzgada. La obra artística no puede ser desligada de un lugar de enunciación, de un espacio de producción, circulación y consumo, y de una recepción por parte de un público determinado.

Si le damos cuerda a la segunda respuesta, podríamos admitir por qué, por ejemplo, representaciones como las del Negro Mama o las de la Paisana Jacinta son consideradas abiertamente racistas. No es por su valor estético (cercano a cero), no es porque quien esté detrás piense así de los afro (aunque lo más probable es que sí, o que no le moleste quienes piensan así), sino porque el sistema de representación que crean se basa en una plétora de características que denigran a los representados y que tiene como intención hacer reír en base a esa humillación –quizás la forma más básica de humor.

No ocurre lo mismo con La China Tudela, que no tiene como intención hacer reir a través de la humillación, sino a través de un  recurso de extrañamiento brechtiano venido a menos que tiene en su base la idea de que “esta señora es tan racista que es obviamente una parodia a las señoras racistas”. El problema es que en algún momento es operación de autoparodización dejó de funcionar. ¿Y dejó de funcionar porque ya no haya una referencia al objeto parodiado? Es decir, ¿dejó de funcionar porque ya no haya racismo? No, dejó de funcionar porque, como el amor, el humor también acaba.

A pesar de todo lo dicho, creo que la (¿verdadera?) obra literaria o artística no puede ser juzgada desde preceptos morales, pues la puerta que se abre es demasiado grande. Es francamente peligroso que el Ministerio de Cultura se inmiscuya en la obra artística o ficcional desde esta perspectiva –y aquí un sector de la progresía podría hacerle fácilmente el juego a los conservadores y censuradores.

Y sin embargo, no podemos tampoco negar que el Ministerio de Cultura tiene un papel que cumplir. Lo hizo bien frente a Butters, que expresaba frases en televisión tratando de normalizar un lenguaje racista. Lo haría bien frente al humor que se burla de las comunidades afro, andinas y trans (sí, ese de “El wasap de Jb”), y debería hacerlo si es que Rafo León (o cualquiera) sale en televisión nacional a decirle “chancha pendeja” a la señora Fujimori. Pero lo que hace su comunicado es confundir dos estratos diferentes y al final no termina diciendo nada. Por ello es que el comunicado del Ministerio de Cultura suena tan soso, pues se olvidaron de poner lo más importante sobre el objeto al que se refieren: La China Tudela es, a estas alturas, solo un mal texto literario.

Quizás lo que demuestra todo este embrollo con un personaje de ficción es qué tan poco preparados estamos para reflexionar sobre nuestro “humor peruano”, un humor que, ya sea en el caso de El Negro Mama, La Paisana Jacinta o La China Tudela, hace tiempo dejó de dar risa, y ese es un pecado imperdonable. La obra literaria, especialmente la de humor o crítica social requiere inventiva. Requiere creatividad. Leer a La China Tudela –y esta es la tara más más grande de todas- ya no da risa, sino que francamente aburre. Eso, claramente, no es un problema moral, ni de racismo, ni de clasismo.