Traducción por I. M. Calderón. Originalmente en Verso Blog.

En una entrevista con la CNN, el psicólogo y ex jugador de la NBA John Amaechi sugiere que, para entender cómo fue posible que el médico del equipo de gimnasia de la selección olímpica de Estados Unidos Larry Nassar haya abusado de más de 150 niñas por más de dos décadas, debemos cuestionarnos nuestra creencia en el deporte como algo inherentemente bueno; que debemos rechazar la forma en la que sus estrellas son mitologizadas, mientras que su talento es usado justificar la forma en la que el deporte profesional es separado de la vida ordinaria. Amaechi propone que las instituciones en las que este tipo de abuso es endémico –la Iglesia siendo la más obvia- “tienden a ser insulares, cerradas, gobernadas de una manera que es menos que trasparente, colocándose a sí mismos como parangones de la ‘virtud’”. Las feministas han realizado observaciones similares sobre la familia nuclear: es el lugar paradigmático de privacidad; se asume a la vez natural y loable, la configuración ideal para criar a los niños; y por estas cualidades, está en la capacidad de albergar y esconder el abuso sexual generalizado. Cuando algo es visto como incontrovertiblemente bueno, cualquier desviación de su virtud es considerada una aberración, como manzanas podridas individuales en vez de buscar por una raíz más profunda.

Esta dinámica fue particularmente manifiesta en las recientes revelaciones sobre los trabajadores humanitarios de Oxfam involucrados en explotación sexual en Haiti. El sentido de shock e indignación en todos los medios liberales parecía localizarse en ver al heroico trabajador humanitario, aparentemente un parangón de virtud, caer en desgracia. El ahora infame tuit de la historiadora de Cambridge Mary Beard dependía precisamente de esta idea de trabajadores humanitarios como servidores desinteresados, vulnerables a la corrupción en circunstancias caóticas y perturbadoras. Beard expresó que “por supuesto que no se puede condonar el (presunto) comportamiento del staff de Oxfam en Haiti y en ningún lado. Pero sí me pregunto cuán difícil debe ser sostener los valores ‘civilizados’ en una zona de desastre. Y sobre todo, respeto todavía a quienes participan y auxilian allí donde la mayoría de nosotros no pisarían”. Las implicancias imperialistas de los valores civilizados –y el inefectivo intento de neutralizarlos a través de las comillas- fueron rápidamente fustigadas en las redes sociales. Posteriormente a Beard se le llamó la atención después de que publicara una fotografía suya llorando –en respuesta a la ola de mofas. La imagen hablaba de manera tan directa de la idea de fragilidad blanca –hablaba especialmente de la acusación de que las feministas blancas usan sus lágrimas para desviar las acusaciones de racismo- que Beard bordeó peligrosamente cerca la caricaturización, dando nuevas energías a la ya animada conversación en Twitter.

Quizás más significativa que la imagen, no obstante, fue su pie de foto: “No soy realmente la desagradable colonialista que dicen que soy. Hablo desde el corazón (y por supuesto me puedo equivocar)”. Beard olvida, aquí, que incluso los “desagradable colonialistas” creían ser buenos. En efecto, ellos creen que la explotación colonial no pasa a pesar de su bondad, sino que es evidencia de ella. El staff de Oxfam no simplemente contrató trabajadoras sexuales –y esto no es inherentemente nada más que el intercambio de dinero por otros servicios-, ellos retuvieron la ayuda que debían entregar, con el fin de negociar por sexo. La explotación sexual generalizada es posible precisamente porque viene bajo la cubierta moral de “ayuda y caridad”.

Si situamos la explotación en Haiti dentro de la trayectoria histórica del colonialismo, podemos notar las formas en las que la explotación sexual despiadada es dependiente no del caos de una “zona de desastre” sino en el masivo desbalance de poder y riqueza en operación cuando los occidentales arribaron al Sur global, confiados en que su presencia es una fuerza del bien, incluso si avizoraban sus nuevos horizontes como plagadas de aventuras sexuales. La académica feminista Anne McClintock sugiere que esta fantasía de la posibilidad sexual fue clave para la mentalidad colonial:

África y las Américas se habían vuelto lo que puede denominarse un “porno-trópico” para la imaginación europea… una fantástica lámpara mágica de la mente donde Europa proyectaba sus deseos y miedos sexuales prohibidos.

El vistazo más superficial a la publicidad que promociona los viajes de año sabático sugiere que estas proyecciones continúan perfilando la imaginación europea, y el deseo de los trabajadores humanitarios de “ayudar” no les da inmunidad frente a estas ideas; incluso se podría argumentar que son co-constitutivos. Un análisis de la función neocolonial de la ayuda humanitaria extranjera contemporánea y las políticas del desarrollo ya se ha venido realizando desde hace algún tiempo, a pesar de que esta perspectiva continúe siendo marginal en el discurso liberal, de allí la certeza de Beard de que los trabajadores humanitarios simplemente están “haciendo el bien” y su absoluta sorpresa ante la sugerencia de que algunos incluso podrían haber sido atraídos a este trabajo precisamente porque les da acceso sin parangón a población vulnerable. Incluso si uno elige tomar una perspectiva más generosa, es difícil ignorar las formas en las que los empleados de Oxfam en Haití (y los trabajadores humanitarios en todos lados) sostienen tremendo poder y son capaces de ejercerlo con poco escrutinio. Como tales, si los europeos tienden a ver el Sur global como plagado de posibilidades sexuales, entonces esta proyección puede ser convertida en realidad a través del ejercicio de su poder.

Este desbalance de poder es el resultado de poseer recursos particulares, a los que Patrick Wolfe se refiere en el contexto de la expansión colonial europea como “preacumulación”. La describe como “la dote histórica que los colonizadores llevaron con ellos y […] las plenitudes históricas compensatorias de los nativos”. Estos recursos pudieron incluir naves y armas, pero también ideas particulares, las “históricamente específicas ideologías de raza, clase, género y nación”. Esta teorización ofrece una perspectiva particular sobre los abusos cometidos por los trabajadores humanitarios. Comida, albergue y medicina, así como un conjunto de narrativas culturales que afirman la propia rectitud moral, constituyen un poderoso arsenal de recursos: estos recursos son ellos mismos el legado de la extracción colonial.

Un viaje colonial provee una hito histórico iluminador. Cuando el HMS Dolphin arribó en Tahiti en 1767 bajo el mando del Capitán Wallis, la tripulación estaba allí ostensiblemente por motivos de exploración científica, colocaban al pensamiento de la Ilustración como una empresa moral, precursora del bien inherente del “trabajo humanitario”. En efecto, cuando los europeos volvieron dos años después en el HMS Endeavour, los pasajeros incluían al botanista Joseph Banks. A pesar de ello, los navegantes se encontraron pronto usando sus recursos para forjar las condiciones de su propio libertinaje sexual. En tanto Tahiti no producía mineral de hierro pero tenía muchos usos para este, la tripulación rápidamente empezó a cambiar el hierro por sexo. En tanto los relatos que dan cuenta de ello han sido extraídos mayoritariamente de los diarios de los navegantes  , este mercado ha sido narrado como el resultado de una sexualidad tahitiana exótica y licenciosa. Como tal, en esta versión de la historia, la explotación sexual de los navegantes se convierte en una forma de “volverse nativo”. La tripulación de la nave saqueó las cajas de herramientas de las naves en busca de hierra que pudiese ser intercambiado por sexo, y cuando sus provisiones se acabaron, empezaron a retirar los clavos y tornillos de la nave misma. Cuando el HMS Dolphin zarpó de Tahiti, tanto hierro que lo mantenía unido había sido retirado que la integridad de la nave se había visto comprometida.

La gran arrogancia en evidencia aquí sugiere cómo estos hombres europeos se veían a  sí mismos; su sentido de su propio poder en relación a la gente cuya tierra buscaban “explorar” y explotar era tan vasto que les hacía sentir invencibles. Su acceso a recursos particulares, ya sea armas o clavos, fue tomado como evidencia de su intelecto superior; su misión de descubrimiento fue construida como un imperativo moral. Este sentido de ser todopoderoso es reflejado en el comportamiento de algunos de los trabajadores humanitarios que, de acuerdo a un exempleado de alto rango de Oxfam, “vivían la vida de pequeños dioses”. Es fácil ver cómo la combinación de una disparidad de riqueza tremenda y un sentido de superioridad moral podría combinarse para crear una forma particularmente viciosa, arrogante y violenta de misoginia, que está en condiciones de prosperar, libre del miedo de las represalias. Incluso después de que la historia salió a la luz, parecía que Oxfam era incapaz de dejar ir su sentido de superioridad moral, con el jefe ejecutivo Mark Goldring echando para atrás la crítica generalizada,  no afirmando que las acusaciones eran falsas, sino sugiriendo que la respuesta había sido exagerada, declarando que “la intensidad y la ferocidad de los ataques te hace pensar: ¿qué hicimos? ¿matamos a bebes en sus cunas?”. Su increíble y bizarra respuesta da una idea de las maneras en las que estas formas de explotación sexual pueden haber sido consideradas triviales. Este libertinaje absoluto no es el resultado de la “zona de desastre” de Haití, sino de un racismo similar al que se vio en Tahiti más de 200 años antes, el mismo que percibe a las mujeres en el Sur global como si valieran nada más que un tornillo.

Si queremos entender el abuso sexual, debemos mirar claramente a las condiciones en las que este se desarrolla. Ya sea dentro de instituciones cerradas o en lugares en los que instituciones particulares (como las ONGs) tienen tremenda influencia, es su acceso a recursos, tanto materiales y culturales, el que determina la distribución de poder. Exponer la hipocresía de instituciones supuestamente virtuosas es un primer paso importante, pero continúa siendo limitada en su impacto en tanto deja las estructuras que distribuyen los recursos intactas. Por tanto, debemos ubicar las afirmaciones morales de estas instituciones dentro del contexto material del que deriva su poder.