Publicado originalmente en Copyriot, 11 de febrero del 2018.
Traducción por I. M. Calderón

 

En su tortuoso libro del 2017 “Futurability”, Franco Berardi afirma que “debemos ir más allá de la crítica al sistema corporativo de los tecnomedios y empezar un proyecto de investigación y auto-organización para los trabajadores cognitivos que producen diariamente la semioeconomía global. Debemos enfocarnos menos en el sistema y más en la subjetividad que subyace el semiociclo global”. En ese espíritu, consideremos a los memes como una de muchas formas de entender el rápido y oscuro mundo de la mentalidad del sujeto online contemporáneo. Entendemos a los memes como contradicciones abiertas y densamente comprimidas, diseñados para circular en nuestras redes en tiempo real y que trabajan con elementos repetitivos. Como la extrema derecha ha descubierto, los memes expresan tensiones que no pueden ser dichas en el vocabulario de lo políticamente correcto de los medios masivos. ¿Hasta que punto pueden estos formatos vacíos simbolizar la experiencia vivida del capitalismo global? ¿Es cierto que la izquierda no puede memear (‘the left cant meme’)? Estas son las preguntas estratégicas enfrentadas por activistas y militantes de redes sociales hoy.

Si bien una deconstrucción pública de los significados ocultos de los memes puede servir como parte de las políticas de alfabetización audiovisual, el reto último implica la creación de imaginarios alternativos que puedan superar –y anular- la lógica cínica y frecuentemente reaccionaria que tiende a dominar la producción de memes en la internet. De manera provocadora, proponemos considerar los memes en relación a la imperecedera cuestión de izquierda sobre cómo superar el estancamiento de la situación neoliberal pospolítica. Lo que sigue puede ser entendido como una suerte de bosquejo – como un bodegón con flores- : ¿qué hacer… con los memes?

Empecemos con el caso de un exmiembro del personal de campaña de Hillary Clinton, en sus tempranos 20, quien recurrió a nosotros con un largo email de exposición que giraba en torno a los “potenciales y desventajas políticas de los memes”. Al ver “una gran suerte de potencial de construcción de comunidad en los memes”, como parte del equipo de desarrollo de audiencias digitales de la campaña Clinton propuso copiar el éxito del grupo de Facebook Bernie Sanders Dank Meme Stash. Como respuesta, simplemente se le dijo que “nosotros no hacemos memes. A la Internet no le gustamos”. Mientras que todos hemos escuchado las explicaciones convencionales para ello –que la persona de Clinton era, por ejemplo, demasiado impostada- podemos también entender su respuesta como lo que ha sido denominado como un “optimismo cruel”, una negación de lo que este hombre joven llama “un sufrimiento con el que se vive” y que él ve como “un aspecto fundacional de la cultura del meme”.

Citando la popularidad del grupo de Facebook Nihilist Memes –con sus dos millones de seguidores-, el miembro de la campaña Clinton piensa a los memes como medios de expresión para una generación paralizada por un sentido de impotencia –a pesar de haber “tenido siempre acceso a todas las realidades políticas del mundo entero”-, una generación que ha perdido la fe en un sentido político que falla de manera absoluta en reconocer la realidad de su experiencia vivida.

A través de un diagnóstico psicoanalítico para esta situación, postula que “la Internet ha destruido cualquier separación entre nosotros”; esto es, produce una ausencia de interioridad psicológica y de las distinciones fundamentales en las que un yo autónomo dice ser construido.  Es a esta condición cultural, entre otras cosas, entonces, que los memes responden.

“Cuando los lutos se expresan en memes”, resalta, “estos no se expresan con soluciones a la mano”. A pesar de su trivialidad y vulgaridad, de este modo él presenta a los memes como inscritos la tradición del pensamiento de la filosofía continental en tanto lucha para enfrentarse al nihilismo occidental.

Si el equipo de campaña de Clinton respondió a esta problema con una intensa negación, entonces la respuesta alternativa es la resignación –a lo que Nietzsche se refería de manera despectiva como “budismo europeo”. Para una generación que vive en público, este sendero interno no es, sin embargo, una opción. Por tanto, nuestro interlocutor optó por una tercera vía, un intento de construir algo desde este paisaje disecado, deconstruyendo y trasvalorando lo dank de los memes. “Políticamente”, nos dice, “existe el sentimiento subyacente de una generación que no ve una alternativa al sistema actual”.

En un intento de conceptualizar la relación entre los memes y el sentimiento de “yo” en su propia generación, él hace referencia a Jonah Peretti, el creador del periodismo clicbait, considerado por algunos como la persona que más hizo para destruir los lapsos de atención del lector. Antes de fundar  Buzzfeed, Peretti tuvo de hecho una carrera en teoría de arte de los nuevos medios, en la que escribió un texto sobre la asunción de Deleuze y Guattari del concepto nietzschiano de transvaloración, su llamado a “retar al capitalismo” y “la aceleración contemporánea de la cultura  visual y su impacto en la identificación” al “desarrollar identidades colectivas alternativas”. Mientras que el argumento respecto a la calidad del compromiso del pensamiento de Deleuze y Guattari ya se ha realizado, es de resaltar que 20 años después del texto de Peretti, su marco deleuzo-guattariano de “aceleración” ha vuelto convertido en la teoría cultural de moda –y, en efecto, no desde ese mismo periodo del primer boom del puntocom es que una teoría de los medios parece sostener tal promesa para una generación desempoderada de jóvenes idealistas.

Los memes, nos dice, parecen operar en una ‘temporalidad diferente’. En contraste con la cibercultura temprana, preocupada con el potencial virtual infinito de la web, su experiencia vivida parece caracterizarse por una sobreabundancia de actualidad –lo que Whitehead llamaba “ocasiones actuales”- con su subjetividad atrapada en y animada por la vitalidad de los memes. Si en el curso de su experiencia vivida parece imposible para él desentrañarse de los memes, como hombre joven autoconsciente está por tanto forzado a enfrentar el impacto que estas fuerzas vitales (preindividuales) parecen tener en la producción de su propia subjetividad. Como tales, aunque su involucramiento con el tema empezó en el campo de la comunicación política, al tiempo de desarrollarlo terminó articulando una problemática que ha confrontado por mucho a los pensadores de la modernidad.

Como sabemos todos, el valor de un meme exitoso se degrada con rapidez: “If it doesn’t spread it’s dead” (“Si no se esparce, está muerto”). Desde la perspectiva del usuario, este paso se traduce en FOMO (“Fear Of Missing Out”, “miedo a la exclusión digital”), que el hombre joven describe en términos de una sensación de “atrapamiento” por la cronopolítica del tiempo real de los medios. Mientras que Sigmud Freud hubiera identificado el despiadado ritmo de los memes con la pulsión de muerte, Martin Heidegger hubiese asociado el FOMO con la tontería de atar el sentido de sí mismo con el Ser-inauténtico de un “ellos” imaginado, lo que llamaba el “das Man”.

Habiendo así establecido las apuestas existenciales de su Ser-en-el-meme, nuestro interlocutor concluye con la cuestión sobre cómo posicionarse políticamente en relación a estas fuerzas, una problemática que, sugerimos, puede ser vista como una preocupación duradera de la teoría marxista –y que ha regresado recientemente a ocupar los debates dentro de tanto la crítica en la Internet como la teoría académica sobre nuevos medios.

Muchas de las cuestiones concernientes a las leyes de producción cultural forman el punto de inicio para las discusiones que inauguraron la teoría crítica, posiciones sostenidas respectivamente por Theodor Adorno y Walter Benjamin de la Escuela de Frankfurt. Su crítica fundacional de los medios se desarrolló en base a un análisis filosófico anclado empíricamente en el uso de los medios de comunicación masivos por los demagogos de mitad del siglo XX para coordinar la opinión pública.

Desde la perspectiva asociada a Adorno, podemos imaginar cómo el ambiente de los nuevos medios contemporáneos podría aparecer como un infierno en la tierra para el académico freudomarxista. Adorno habría diagnosticado a la política blanca nacionalista de la derecha alternativa, con sus notorios memes antisemitas, como sintomática de la misma clase de política del resentimiento que permitió el auge del fascismo en la Alemania de los años 30; donde los cambios en el modo de la producción precipitaron la pérdida de un privilegio de clase entre el segmento de la sociedad que se veía a sí mismo como el que había construido el país. (En el análisis de Erich Fromm, colega de Adorno en la Escuela de Frankfurt, el desarrollo del fascismo fue facilitado por cambios en el modo de producción que volvieron a la pequeña burguesía, a la que Max Weber había identificado con el desarrollo del capitalismo, esencialmente redundante). En los memes de la derecha alternativa, entonces, que frecuentemente representan a Trump como un rey-guerrero teutónico, habría diagnosticado los síntomas de esta situación harto psico-social de resentimiento existencialista masculino en torno a la pérdida de poder, que la Escuela de Frankfurt consideraba como la condición de posibilidad que dio lugar al ascenso del fascismo.

En lo que se volvería un influyente análisis que Adorno desarrollaría junto a Max Horkheimer durante su exilio en California del Sur durante la II Guerra Mundial, ambos académicos identificaron un telos hacia la razón instrumental occidental, cuyo objetivo era la autopreservación del ego y la dominación de la naturaleza a cualquier coste. Como parte de este mismo proyecto filosófico, el análisis que realizaría Adorno de manera posterior sobre los medios sería incesantemente sombrío, sin dejar espacio al compromiso con la cultura popular, en tanto las intervenciones suman a la manifestación de la propia agenda diabólica del sistema. 70 años después, la crítica de Adorno a los medios de comunicación ya no tiene prevalencia en el campo de los estudios de los medios –como, de hecho, no la ha tenido desde algo de 40 años ya. Tampoco, en ese mismo sentido, ofrece demasiado el marco de la política comunicacional de la propaganda –un fenómeno vertical desarrollado por los contemporáneos de Adorno- al intentar encontrar sentido al fenómeno de los memes políticos, ni  al del estado caótico de la política de los Estados Unidos hoy en día. Si bien a Trump, por ejemplo, se le oponían grandes sectores del stablishment de los medios de derecha, éste logró no obstante hacerse con una impresionante victoria, a la vez que pintaba a la “industria cultural” de Adorno como su oponente implacable.

Podemos establecer una diferencia entre la “negatividad diabólica” de esta crítica (siguiendo la lectura de Lyotard sobre Adorno) como el vitalismo populista de su colega en la Escuela de Frankfurt Walter Benjamin, quien vio –ya de manera ilustre- a la cultura popular como subversiva, en contraste con la cualidad fundamentalmente conservadora de la cultura de élite. Como tal, podemos imaginar cómo el potencial político progresista de los memes habría intrigado a Benjamin. En comparación con la perspectiva más totalizante de Adorno hacia la narrativa filosófica, Benjamin era un montajista, un coleccionista de ideas, que yuxtaponía fragmentos de imágenes a la manera de un editor con el fin de crear conexiones intuitivas, a veces paradójicas. Su inacabada Magnus Opus Das Passagen-Werk, un collage de textos encontrados, ha sido identificado como el texto fundacional de la éstetica de apropiación digital contemporánea.

Lo que resulta relevante sobre la obra de Benjamin ahora, en el contexto de la problemática contemporánea sobre los memes, es cómo su teoría busca preservar la paradoja y la ambigüedad en una forma que activamente invocaba a la función sintética de la propia imaginación del lector. En este sentido, Benjamin presumiblemente anticipó la dimensión interactiva de la experiencia contemporánea de los nuevos medios sociales. Ya en su propio tiempo sus contemporáneos, notoriamente el estudioso de la cábala Gershom Scholem, identificó una dimensión teológica en el proyecto benjaminiano. (En el misticismo esotérico judío, el objetivo no es ganar acceso a un paraíso trascendental sino identificar los pedazos rotos y dispersos de lo divino inmanente).

En la era de Trump, el Brexit y el populismo de derechas, los teóricos contemporáneos que buscan una respuesta a la pregunta sobre “qué hacer” –que la Escuela de Frankfurt interpreta en términos de un marco de análisis marxista- se inclinan a buscar respuestas en el análisis y manipulación de data social. Esta ruptura entre hermenéutica y cientificismo puede ser entendida en relación a la Positivismusstreit –la disputa del positivismo- en los 60, en la que el colega de Adorno en la Escuela de Frankfurt, Herbert Marcuse, argumento que el positivismo científico era un “carácter intrínsecamente ideológico” en tanto buscaba “coordinar operaciones mentales con las de la realidad social”. Mientras que una de las posiciones postula que podemos ganar la disputa con la data correcta, la otra señala que necesitamos una poderosa nueva narrativa – y es esta última la que ha ido escalando en el caso de Trump y el Brexit. Así, y cargando con las reservas ya introducidas anteriormente, sí se puede argumentar a favor de una lectura de los memes en línea con los enfoques desarrollados por los académicos en la Escuela de Frankfurt, en contraste con la tendencia contemporánea de métodos positivistas de análisis de grandes archivos de datos.

Al abordar la pregunta estratégica de “¿qué hacer?” en relación a la situación política actual, respecto a los memes políticos, de hecho ha sido la derecha reaccionaria la que más ha triunfado en los años recientes con su tantas veces repetido eslogan de que “la política está río abajo de la cultura”; y eso es lo que se quiere decir con la frase sobre que “la izquierda no puede hacer memes”. Esta nueva idea de la derecha de que la política está río debajo de la cultura puede entenderse en términos del insólito compromiso de la derecha extrema con otra rama de la teoría marxista occidental asociada con el concepto de Gramsci de la “metapolítica”. Una figura protagónica del Frente Popular encarcelado por los fascistas italianos, Gramsci se realizo la misma pregunta que muchos de sus colegas alemanes en los 30: “¿por qué cayó el socialismo?”. En contraste a la Escuela de Frankfurt, Gramsci llegó no obstante a desarrollar una tipo de respuesta táctica diferente que llegó a tener un rol significativo 50 años después, tras la traducción de sus cuadernos de la cárcel al inglés- al inaugurar el campo de los estudios culturales que buscaban interpretar la semiótica de la cultura del estilo como un sustitutivo para la lucha de clases.

Si la Escuela de Frankfurt se estableció como un think tank cuyo objetivo era proveer de un análisis de las causas de raíz, ¿porque es que hoy los think tanks están tan preocupados con los síntomas? ¿Por qué es que tantos de ellos prestan atención a más data para abordar la cuestión de la estrategia? Los seguidores de Kittler insistirían en que es porque la data forma el marco epistémico de nuestra época. Cada episteme es mutuamente excluyente frente a otra. La noción de que uno puede operar fuera de la episteme –una noción romántica, inventada por los alemanes en respuesta a la Ilustración- hoy ya no es posible, si alguna vez lo fue. La sempiterna opción ludita de romper la máquina –o en cambio, algo menos dramático como apagar nuestros aparatos tecnológicos- en última instancia falla al abordar el problema subyacente tal y como lo había introducido el protagonista de nuestro corto ensayo. En vez de eso, debemos necesariamente desarrollar un entendimiento de la industria del análisis de datos a través de una nueva analítica que reconozca las profundidades de nuestro propia maraña subjetiva con el objeto de nuestra crítica. Quizás podemos entender la función de los memes en estos términos, como una suerte de técnica de compresión vernacular cultural, un medio para “decodificar” y “codificar” la dinámica operativa de la hegemonía dominante –para ponerlo en términos de los estudios culturales gramscianos

A pesar del caos epistemológico aparente asociado con la vida social online hoy en día, las soluciones tecnocráticas que son actualmente diseñadas, por ejemplo, para detectar el problema del populismo de derechas en los Estados Unidos implican que la supervisión y el control de lo social se mantienen como posibles –un enfoque que trata a la sociedad como un cuerpo susceptible a enfermedades que pueden ser neutralizadas solo si son identificadas tempranamente.  Al formular una respuesta a este caos, la deconstrucción crítica no es suficiente, sino que debe ser acompañada de reproducción. La deconstrucción por si sola humana –demasiado humana-, mientras que la reproducción memética por si solo es completamente inhumana. Es combinando ambas que algo más podría pasar.

En conclusión, y volviendo a la cuestión planteada por nuestro interlocutor respecto a la transvaloración de los memes como parte de una estrategia “aceleracionista”, en tanto es claro que la derecha ha triunfado al aplicar esta táctica es menos claro cómo la izquierda debería aproximarse a la problemática. Si la economía política y la intervención estatal es nuestra única demanda, ignoramos el rol de la cultura –una perspectiva teórica mejor entendida por aquellos en la izquierda. Fue, de hecho, en este mismo punto que se disipó a mitad de los 70 , un error que algunos parecen empecinados en repetir. Entender sobre la subyacente lógica económica extractivista de los GAFA (Google, Amazon, Facebook y Apple) no es suficiente. Los memes activan y abordan tensiones psicológicas poderosas, movilizan deseos y resentimientos ante los que vulgares preocupaciones marxistas –ocupadas con la base económica- se encuentran impotentes de abordar. ¿Qué si tienes toda la evidencia y nadie está impresionado? En el fracaso de las revoluciones de los años 20, de algún modo la teoría crítica empezó desde esta decepción. Este aventurarse en el pensamiento empezó entonces desde un desesperado darse cuenta. A pesar de las lecturas paranoides desde la Escuela de Frankfurt actualmente de moda entre la derecha, estos nunca se imaginaron como poseedores de una solución totalizante. Del mismo modo, los memes no necesariamente ofrecen solución alguna, sino que abren una cantidad de preguntas en el presente. Mientras que Adorno probablemente habría desechado su utopismo como criptototalitarismo -como de hecho hizo con la contracultura de los 60- tal y como fue el caso entonces, lo más probable es  que solamente no haya captado el chiste.

Al considerar su victoria en la así llamada “Gran Guerra de los Memes”, podemos apreciar cómo el pensamiento de Gramsci es más efectivo al aplicarse al pensamiento militar estratégico que las ideas de la Escuela de Frankfurt. En efecto, en el periodo posterior al exitoso uso de Facebook’s Pixel para apuntar selectivamente a nichos demográficos con diferentes mensajes por parte de la campaña Trump, es claro que el desarrollo de una campaña política se está volviendo crecientemente en una suerte de guerra de información en la que no hay, sin embargo, convenios de Ginebra.

Parece que hoy en día todo el mundo aprende de esta orientación hacia la conducta excepto la izquierda “benevolente”. Es en este contexto en el que podemos entender la convocatoria de danah boyd en el periodo posterior a la elección de Trump para el desarrollo de nuevas formas radicales de alfabetización en los nuevos medios: “no podemos simplemente asumir que los intermediarios de la información pueden arreglar los problemas por nosotros, ya sea que sean los medios de noticias tradicionales o los medios sociales virtuales. Necesitamos ser creativos y construir la infraestructura social necesaria para que la gente se involucre de manera significativa y sustantiva a través de líneas estructurales existentes”. Hoy la cuestión sobre qué hacer concierne a cómo habría de lucir una infraestructura que supere a la de las “cámaras de eco”.

Los memes, no obstante, son meros subproductos culturales en el ecosistema de las aplicaciones; el medio, no el meme, es el mensaje. Los memes son el colirio de una carrera de optimización armamentística que amenaza con alcanzar tanto como sea posible en el sistema límbico. Podemos, sin embargo, ver los memes como un síntoma del estado acelerado de nuestra propia tecnicidad y, como tal, el “evento” político teológico que produzca un cambio significativo en tanto la aceleración de nuestra especie-ser asociada hacia ese elusivo medio segundo entre la acción y el pensamiento.