Publicado el 26 de noviembre del 2016 en Verso Blog
Traducción por I.M. Calderón

Desde la derrota de Hillary Clinton a manos de Donald Trump en la carrera a la Presidencia de los Estados Unidos, el comentario liberal ha reparado en los problemas de la política identitaria. Como quien pasa la lengua por un diente adolorido, esta fijación ubica el problema, pero no se dirige a él. Ni siquiera lo analiza. No nos dice nada acerca de la apelación a la identidad, las adhesiones a esta, la inversión que genera. En el mejor de los casos, el comentario liberal (tal como ha aparecido en el New York Times) repite las críticas conservadoras de lo políticamente correcto, glosándolas como condescendencia erudita.

El slogan más prominente de la campaña de Clinton era “Yo estoy con Ella”. El “Yo” en el slogan es el votante. El “Ella” es Clinton. El slogan es la declaración del votante de que está votando no específicamente por Clinton sino por una mujer. El votante es el tipo de persona para quien importa el género, cuyo voto es primero y más que nada un voto por la justicia de género –es el turno de ella. Los hombres ya han sido presidentes; es tiempo de una mujer. El slogan nos dice algo sobre lo que el votante valora, sobre lo que el votante es como persona. Sobre la candidata, el slogan nos dice solamente su género. El género de la candidata es lo más distintivo, más políticamente destacable, sobre ella.

Este slogan, que nos habla sobre el votante y no sobre el candidato, apropiadamente tiene sentido para la campaña de Clinton en tanto el slogan ocupa de manera bastante fácil las redes afectivas del capitalismo comunicativo. El capitalismo comunicativo da nombre a la fusión de la democracia y el capitalismo en los medios de personalización en masa, las redes de teléfonos móviles, el wifi, las redes sociales virtuales y la distracción de masas a través de la cual hacemos circular nuestros sentimientos y opiniones en formas en las que nos hacen sentir importantes, comprometidos, políticos. El capitalismo comunicativo exige la cultivación de la identidad individual. Se nos dice, de manera repetida, que somos únicos y especiales, que nadie puede hablar por nosotros, que tenemos que hacerlo todo nosotros mismos. El slogan de Clinton (“Yo estoy con ella”) no habla por los votantes. Es un registro del votante hablando por él mismo, una declaración de identidad lista en un hashtag.

El mandato de afirmar la identidad individual propia es incesante en el capitalismo comunicativo. Cuidar de uno mismo aparece ahora como un acto políticamente significante, en vez de un síntoma de la desmantelada red de bienestar social y la competencia a niveles obscenos del mercado de trabajo en los que no tenemos opción sino cuidar de nosotros mismos si vamos a continuar. El eslogan de Clinton es la extensión neoliberal de la perspectiva del feminismo de segunda ola que “lo personal es político”. En tanto lo personal es político, la cuestión política gira en torno a mí: ¿qué dice mi voto sobre mí?

Con este telón de fondo individualista, los votos de los otros giran también en torno a mí. La angustia poselectoral que circulaba entre los votantes de Clinton en las redes sociales, y que era repetida en aquellos medios mainstream que consideran que reportar sobre las redes sociales virtuales es periodismo, es profundamente personal. La gente expresaba sus propios miedos individuales y miedo también por sus hijos. Muestran ansiedad profunda y pánico. Algunos llevan esta ansiedad y pánico al nivel de considerar que todos los que votaron por Trump (e incluso todos los que no votaron por Clinton) son racistas, sexistas y homofóbicos. Estas extensiones no dan cuenta de las estructuras de la sociedad estadounidense, sino que son proyecciones de actitudes en otros, formas de imaginar a los otros como enemigos y rivales. Los votos (o no votos) de todos estos otros votantes son de hecho votos centrados en el que proyecta (el votante “con ella”).  Antes de la elección, el votante “con ella” estaba seguro. Ahora están en riesgo.

En las redes afectivas del capitalismo comunicativo, los datos sobre la prevalencia de violencia racial y deportaciones bajo el gobierno de Obama, las diferencias de clase dentro de categorías raciales, y la demografía de los votantes de Trump y los no votantes tuvieron poco registro. Las verdades y mentiras, los hechos y la ficción, resultan indiscriminados en relación al poder de circulación. Las redes sociales virtuales se basan en declaraciones intensas de sentimientos personales. Ello activa la circulación del afecto. La indignación logra más compartidos y “me gusta” que el matiz. Lo moralmente correcto se inscribe como #coraje. Cuando nuestras ya frágiles, conflictuadas y nunca completamente coherentes identidades están en juego –que es siempre (a menos que compartamos fotos de gatos), la discrepancia se siente como bullying.

Durante la elección del 2016, la política identitaria se fundió en la individualidad dirigida del capitalismo comunicativo. Las categorías demográficas usadas por las encuestadoras asumieron una fijación, una capacidad para determinar las visiones y preferencias de todos los que pertenecían a esa categoría. La compleja matriz de factores que figuran en las opciones políticas, las infinitas formas en las que tales opciones no se determinan por una esencia designada y/o capturada en términos demográficos, el hecho de que las identidades políticas tienen que ser construidas antes que asumidas; todo esto fue sumergido bajo una insistencia siempre amplificada en una conexión directa entre las categorías identitarias y el compromiso político. La fusión de la política identitaria y el individualismo dirigido fue un sello distintivo de la campaña Clinton, desde sus tuits oportunistas sobre la interseccionalidad, hasta su interpretación errada de Bernie Sanders, pasando por su escoriación de críticos de izquierda en términos personales –infantiles, puristas, ingenuos, irresponsables. La mayoría de las veces, los gritos y acusaciones no estaban vinculadas a políticas, como si estuvieran desconectadas de las personas que se beneficiarían de educación universitaria gratuita y un seguro de salud de pagador único en tanto estas demandas eran de aquellos cuya política excedía los límites identitarios puestos por el campo de Clinton. Estas acusaciones circulaban como un estado de ánimo, como si fueran la condición afectiva del vínculo con los votantes en su especificidad individual–siempre que esta especificidad corresponda a las expectativas de identidad sexuada, de género y de raza.

Como detallo en “Crowds and Party”, trabajos recientes de las sociólogas Jennifer Silva y Carrie Lane exponen las condiciones materiales que han dado lugar al intenso vínculo con la identidad individual: al desconfiar de las instituciones, muchas personas hoy creen que solo pueden depender de sí mismas. Su sentido de la dignidad y autovalía viene del ser autosuficiente. Escépticos de los expertos, ellos hablan desde sus propias experiencias, extrayendo legitimidad de la identidad que los hace ser quien son. Mientras más tengan que combatir, que superar, más valiosa es su identidad. La  solidaridad se siente como una demanda para sacrificar lo mejor de uno, otra vez, para nada.

La política identitaria vuelve en arma el sentimiento de que uno tiene que aferrarse a lo que está en él antes que a él mismo. Resalta una característica específica de un conjunto de características demográficas, virando esta característica de ser una base que tiene que ser defendida a ser una lanzadera para nuevos ataques. La política identitaria como arma me deja insistir en que esta vez yo no seré sacrificado, yo sobreviviré. Aun más, la política identitaria ayuda a calmar algo de la culpa de los privilegiados –están en el lado correcto de la historia, por una vez al menos. El bonus añadido a esta política identitaria convertida en arma es cómo los privilegiados pueden usarla contra ellos mismos incluso al tiempo en que mantienen intacta la estructura básica del capitalismo comunicativo. Ello se nota cuando observamos el arsenal de identidades –sexo, raza, género, sexualidad, habilidad, etnicidad, religión, ciudadanía- y reconocemos la categoría faltante: clase.

Las identidades sobre las que uno puede hablar depende en la exclusión de la categoría de clase social. Por un lado, existe la asunción de que “clase” significa “blanco”. A pesar de ello, prevalentes dentro del discurso de la política identitaria son las consideraciones sobre la racialización de la pobreza, la feminización del trabajo, consideraciones importantes que reconocen y analizan el hecho de que la clase en el Estados Unidos contemporáneo no implica o significa “blanco” en absoluto. ¿Qué, entonces, está detrás de este  apego a la identidad que no solo rechaza considerar el impacto de la desigualdad económica en la elección sino que responde a cualquier discusión económica como si esta tuviera como premisa un racismo subyacente?

La respuesta es el capitalismo. La política identitaria que se manifestó durante la elección tenía como premisa la continuación del capitalismo, no su destrucción. Es una política identitaria liberal en conflicto con la larga historia de lucha anti racista, anti sexista y anti colonialista del comunismo y el socialismo. Al suprimir la historia y el presente de la lucha negra radical anticapitalista, del comunismo feminista, del papel protagónico de personas de color en movimientos de clase obrera, la política identitaria funcionó en la elección del 2016 demoliendo antes que construyendo solidaridad. El subtexto faltante del abrazo de la diversidad del Partido Demócrata es que era una diversidad de los exitosos, de los ganadores, de las celebridades multiculturales y el 10%  talentoso y fotogénico que aparece tomando la forma de tantos locutores en MSNBC. La sustitución demócrata de emprendedores en vez de trabajadores bajo la guisa de inclusión racial es guerra de clases, una guerra que deja tras de sí un número desproporcionado de cuerpos negros y marrones. Blanquear a la clase obrera legitima las políticas que menoscaban las vidas y futuros de millones de personas de color y de clase trabajadora.

Un colega no blanco recientemente me dijo que no le importaba ser llamado elitista. Los votantes de Trump eran la clase obrera blanca y racista y no tenía intención alguna de dirigirse a ellos, estar en coalición con ellos, o nada. Un enfoque reductivo, individualista y afectivo de la elección le permitió abrazar un a posición de clase que de otra forma rechazaría (al menos en público). El multiculturalismo es la forma que toma su defensa de capitalismo.

La inversión en la identidad es intensa. Apuntala una individualidad frágil. Provee una lugar para lo políticamente correcto. Previene la formación de las solidaridades que la oposición al capitalismo requiere.

En las semanas venideras, podemos esperar que los liberales continúen amplificando la identidad, consolidando en la sola figura de Trump las historias y estructuras de racismo, sexismo y homofobia. Este “Trump-washing” será que los miembros comunes del Partido Republicano aparezcan como razonables y que los del Partido Demócrata aparezcan como los campeones de la igualdad y la diversidad. El odio que legitima la candidatura de Trump tomará una forma liberal de odio a las personas blancas clase trabajadora, en el nombre de un multiculturalismo que borra el hecho de una clase trabajadora multirracial. El capitalismo comunicativo proveerá el campo de respuesta –la circulación de la indignación y lo correcto, declaraciones individuales de miedo y alianza.

La izquierda debe responder con la construcción de solidaridad. Tomar partido por el oprimido significa que debemos asegurarnos de que las luchas del oprimido aparezcan como una flanco, un flaco en la guerra de clases que corta todos los demás.Y hacemos tal cosa al impulsar la verdad comunista del slogan de Bernie Sanders: “No yo, ustedes”. O, como dijo Jed Brandt en el periodo inmediato posterior a la elección, es tiempo no de ser aliados sino camaradas.