Traducción por I.M. Calderón

Publicado por Mark Fisher en The North Star, 22 de noviembre del 2013.

Este verano, consideré seriamente retirarme de cualquier involucramiento en política. Exhausto por el exceso de trabajo, incapacitado para la actividad productiva, me encontré a mí mismo navegando a través de redes sociales, sintiendo cómo mi depresión y mi agotamiento aumentaban.

El Twitter “de izquierdas” puede con frecuencia ser una zona desesperanzadora y miserable. A principios de año, sucedieron algunas “tormentas de Twitter” de alto perfil, en la que figuras particulares que se identificaban con la izquierda fueron “denunciadas” y condenadas. Lo que estas figuras habían dicho era algunas veces objetable; y sin embargo, la forma en la que fueron personalmente vilipendiados y cazados dejó un horrible residuo: el hedor a conciencia sucia y moralismo de caza de brujas. La razón por la que no me pronuncié en ninguno de estos incidentes, estoy avergonzado de decirlo, era el miedo. Los abusadores estaban en otra parte del patio de juegos. No quise atraer su atención hacia mí.

El abierto salvajismo de estos intercambios estuvo acompañado de algo más generalizado, y por esa razón quizás más debilitante: una atmósfera de resentimiento mordaz. El objeto más frecuente de este resentimiento fue Owen Jones, y los ataques a Jones-  la persona con más responsabilidad en la creación de conciencia de clase en el Reino Unido en los últimos años- fueron una de las razones por las que estuve tan abatido. Si esto pasa con un izquierdista que, de hecho, está triunfando en llevar la lucha al terreno central de la vida británica, ¿por qué alguna otra persona quisiera seguirlo en los medios masivos? ¿Es la única forma de evitar este sistema de abuso por goteo el mantenerse en una posición de marginalidad impotente?

Una de las cosas que me sacó de este estupor depresivo fue asistir a la Asamblea del Pueblo en Ipswich, cerca de donde vivo. La Asamblea del Pueblo había sido recibida con las usuales miradas de desprecio y desconfianza. Esta era, se nos dijo, una maniobra inútil, en la que los izquierdistas que aparecían en los medios masivos, incluido Jones, se engrandecían a sí mismos en una muestra más de la vertical cultura de la celebridad. Lo que en verdad pasaba en la Asamblea en Ipswich era muy diferente a esa caricatura. La primera mitad de la noche –que terminó en un vehemente discurso por parte de Owen Jones- ciertamente fue liderada por los oradores populares. Pero la segunda mitad de la reunión mostró a activistas de la clase trabajadora de todo Suffolk hablando los unos con los otros, apoyándose, compartiendo experiencias y estrategias. Lejos de ser otro ejemplo de izquierdismo jerárquico, la Asamblea del Pueblo era un ejemplo de cómo lo vertical puede ser combinado con lo horizontal: el poder y el carisma mediáticos pudieron atraer al recinto a personas que no habían estado antes en una reunión política, donde pudiesen hablar y pensar estrategias con activistas ya experimentados. La atmósfera fue una de antirracismo y antisexismo, pero refrescantemente libre de la sensación paralizadora de culpa y sospecha que flotaba suspendida sobre el Twitter de izquierdas, como una niebla sofocante y agria.

Y luego está el asunto con Russell Brand. He sido un admirador de Brand desde hace mucho tiempo –uno de los pocos comediantes famosos en la escena actual con una extracción social de clase trabajadora. En los últimos años ha habido un aburguesamiento, gradual pero despiadado, de la comedia en televisión, con el absurdo, ultralujoso e imbécil Michael McIntyre y una triste llovizna de oportunistas recién graduados dominando la escena.

Un día antes de la ahora famosa entrevista de Brand con Jeremy Paxman que fuera transmitida en Newsnight, había visto su rutina de stand up “The Messiah Complex” (“El complejo del Mesías”) en Ipswich. El show era insolentemente pro-inmigración, pro-comunista, anti-homofóbico, saturado con la inteligencia de la clase trabajadora y sin miedo a mostrarla, y era queer en la forma en la que la cultura popular solía serlo (esto es, nada que ver con la piedad identitaria y de cara amargada que se nos endilga por los moralizadores de la “izquierda” pos-estructural). Malcolm X, el Che, la política como un desmantelamiento psicodélico de una realidad existente: esto era el comunismo como algo agradable, atractivo y proletario, en vez de un sermón de dedo acusador.

La noche siguiente, era claro que la aparición de Brand había producido un momento de ruptura. Para algunos de nosotros, el desmontaje forense que Brand hizo a Paxman era intensamente emotivo, milagroso; no puedo recordar la última vez que a una persona cuyo origen social era el de la clase trabajadora se le dio el espacio para destruir de manera tan consumada a un “superior” de clase usando la inteligencia y la razón. Este no era Johnny Rotten injuriando a Bill Grundy –un acto de antagonismo que confirmó antes que retó a los estereotipos de clase.  Brand había burlado a Paxman –y el uso del humor era lo que había separado a Brand de la severidad de tanto ‘izquierdismo’. Brand hacía que las personas se sintieran bien consigo mismas; mientras que la izquierda moralizadora se especializa en hacer sentir mal a la gente, y no está feliz hasta que sus cabezas están inclinadas por la culpa y el autodesprecio.

La izquierda moralizadora rápidamente se aseguró de que la historia no fuera sobre la extraordinaria ruptura de Brand de las débiles convenciones del “debate” en medios sociales, ni sobre su afirmación de que la revolución iba a pasar (esto último pudo solo ser interpretado por la “izquierda” sorda, pequeño burguesa y narcisista como si Brand dijera que él quería liderar la revolución –algo a lo que respondieron con el resentimiento típico: ‘no necesito una celebridad arribista para guiarme”). Para los moralizadores, la historia dominante iba a ser sobre la conducta personal de Brand- específicamente sobre su sexismo. En la febril atmósfera macartista fermentada por la izquierda moralizadora, los comentarios  -que solo pudieron ser interpretados como sexistas- implicaban que Brand era una sexista, lo que además significó que Brand era un misógino. Cortado y frito, acabado, condenado.

Es cierto que Brand, como cualquiera de nosotros, debería responder por su comportamiento y por el lenguaje que usa. Pero tal cuestionamiento debería ocurrir en una atmósfera de camaradería y solidaridad, y probablemente no en público en primera instancia –aunque cuando Mehdi Hasan lo cuestionó por sexismo, Brand mostró exactamente el tipo de humildad acompañada de buen humor que estaba ausente de los rostros de piedra de quienes lo juzgaban: “No creo que sea sexista, pero recuerdo a mi abuela, la persona más amorosa que he conocido, que era racista, y no creo que ella lo supiera. No sé si tengo algún tipo de resaca cultural, sé que tengo un gran amor por el lenguaje proletario, palabras como “cariño” (“darling”) o “avecita” (“bird”), así que si las mujeres creen que soy sexista ellas están en una mejor posición para juzgarme que yo mismo, así que trabajaré en ello”.

La intervención de Brand no fue un intento de liderazgo; fue una inspiración, un llamado a las armas. Y al menos yo sí fui inspirado por este llamado. Donde unos meses antes me habría mantenido en silencio mientras los moralizadores de la izquierda posh sometían a Brand a sus cortes arbitrarias y sus asesinatos de personajes –con “evidencia” usualmente prestada de la prensa de derechas, siempre dispuesta a dar una mano- esta vez estaba preparado para hacerles frente. La respuesta a Brand rápidamente se volvió tan significante como la misma entrevista con Paxman. Como señaló Laura Oldfield Ford, este fue un momento clarificador. Y una de las cosas que me clarificó fue la forma en la que, en años recientes,  mucha de la autodenominada “izquierda” ha suprimido la cuestión de clase.

La conciencia de clase es frágil y fugaz. La pequeña burguesía que domina la academia y la industria cultural tiene todo tipo de sutiles deflexiones y preempciones que previenen que el tema siguiera salga a la luz, y si pasa, si sale a la luz, le hacen a uno pensar que es de una impertinencia terrible, una falta de etiqueta, mencionarlo. He estado hablando ya en eventos de izquierda, anticapitalistas, por años, pero raramente he hablado –o se me ha pedido hablar- sobre la clase en público.

Pero, una vez la clase había reaparecido, era imposible no verla en todos lados en la respuesta al affaire Brand. Brand fue rápidamente juzgado y/o cuestionado por al menos tres personas de izquierda que provenían de escuelas privadas. Otros nos dijeron que Brand no podía ser realmente de la clase trabajadora, porque era un millonario. Es alarmante cuántos “izquierdistas” parecían estar fundamentalmente de acuerdo con el sentido detrás de la pregunta de Paxman: “¿qué le da a esta persona de clase trabajadora la autoridad para hablar?”. Es también alarmante, angustioso de hecho, que parezcan pensar que la clase trabajadora debería mantenerse en la pobreza, oscuridad e impotencia para que no pierdan su “autenticidad”.

Alguien me pasó una publicación escrita sobre Brand en Facebook. No sé quien es el individuo que la escribió, y no me gustaría nombrarlo. Lo que es importante es que la publicación era sintomática de un conjunto de actitudes snob y condescendientes que, aparentemente, está bien exhibir al mismo tiempo que uno se denomina de izquierda. Todo el tono era terriblemente prepotente, como si fuese un maestro evaluando el trabajo de un niño, o un psiquiatra examinando a un paciente. Brand, aparentemente, es ‘claramente inestable en extremo… una mala relación o un revés en su carrera lo separan de volver a colapsar en una adicción a las drogas o peor”. Aunque la persona afirma que a ellos “de hecho les gusta bastante [Brand]”, nunca se les hubiera ocurrido que Brand pudiese ser “inestable” justamente por esta suerte de “valoración” condescendiente y de falsa trascendencia de la “izquierda” burguesa. Hay también una acotación sorprendente pero reveladora donde el individuo se refiere de manera casual a la “educación irregular [y] los lapsus vocales acompañados de muecas característicos de los autodidactas” –con los que, este individuo comentaba generosamente, “no tengo ningún problema en absoluto”-¡qué bueno de su parte! Este no es un burócrata colonial escribiendo sobre sus intentos de enseñar a algunos “nativos” el lenguaje inglés en el siglo XIX, o un director de escuela victoriano en alguna institución privada describiendo a un niño becado, sino un “izquierdista” escribiendo hace unas semanas.

¿A dónde ir desde aquí? Primero que nada, es necesario identificar las características de los discursos y deseos que nos han llevado a este pasaje sombrío y desmoralizante, donde la clase ha desaparecido, pero el moralismo está en todos lados, donde la solidaridad es imposible, pero la culpa y el miedo son omnipresentes –y no porque estemos aterrorizados por la derecha, sino porque hemos permitido que modos de subjetividad burgueses contaminen nuestro movimiento. Creo que hay dos configuraciones discursivo-libidinales que nos han traído a esta situación. Se llaman a sí mismas de izquierda, pero –como dejó en claro el episodio con Brand- son en muchas formas un signo de que la izquierda –definida como un agente en la lucha de clases- no ha hecho sino desaparecer.

Dentro del Castillo del Vampiro

La primera configuración es la que llegué a llamar el “Castillo del Vampiro”. El Castillo del Vampiro se especializa en propagar la culpa. Está impulsado por un deseo clerical de excomulgar y condenar, un deseo académico-pedante de ser el primero que sea visto apuntando un error y un deseo hípster de ser parte del grupo de moda. El peligro de atacar el Castillo del Vampiro es que puede parecer como si –y hará todo lo posible para reforzar este pensamiento- uno también estuviese atacando las luchas contra el racismo, el sexismo, el heterosexismo. Pero lejos de ser la única expresión legítima de tales luchas, el Castillo del Vampiro se puede entender mejor como una perversión burguesa-liberal y una apropiación de la energía de estos movimientos. El Castillo del Vampiro nació en el momento en que la lucha por no definirse bajo categorías identitarias se volvió la búsqueda por que estas ‘identidades’ sean reconocidas por un Gran Otro burgués.

El privilegio que ciertamente disfruto como hombre blanco consiste, en parte, en mi no conciencia de mi etnicidad y mi género, y es una experiencia reveladora y aleccionadora la de ocasionalmente darme cuenta de estos puntos ciegos. Pero, en vez de buscar un mundo en el que todos alcancen la liberación frente a la clasificación identitaria, el Castillo del Vampiro busca acorralar a las personas en campos identitarios, en los que siempre son definidas en términos fijados por el poder dominante, lisiadas por la autoconciencia y aisladas por una lógica de solipsismo que insiste en que no podemos entendernos los unos a los otros a menos que pertenezcamos al mismo grupo identitario.

He notado una mecanismo mágico y fascinante de inversión de la proyección de la desaprobación, en el que la pura mención de la clase es ahora automáticamente asumida como si uno estuviese tratando de degradar la importancia de la raza y el género. De hecho, el caso es exactamente lo opuesto, en tanto el Castillo del Vampiro utiliza una comprensión de la raza y el género que es en última instancia liberal para ofuscar la categoría de clase. En todas estas absurdas y traumáticas “tormentas de Twitter” sobre el privilegio que ocurrieron antes este año, fue notable el hecho de que la discusión sobre el privilegio de clase estuvo enteramente ausente. La tarea, como siempre,  se mantiene en la articulación de clase, género y raza –pero el movimiento fundacional del Castillo del Vampiro es la des-articulación de la categoría de clase de las otras categorías.

El problema que el Castillo del Vampiro trataba de solucionar cuando se originó era este: ¿cómo mantienes una inmensa riqueza y poder al mismo tiempo que apareces como una víctima, marginal y oposicional? La solución ya estaba allí –en la Iglesia Cristiana. Así que el CV ha recurrido a todas las estrategias infernales, patologías oscuras e instrumentos de tortura psicológica que el Cristianismo inventó, y que Nietzsche describió en La Genealogía de la Moral. El clero de la conciencia sucia, este nido de devotos propagadores de la culpa, es exactamente lo que Nietzsche predijo cuando señaló que algo peor que el Cristianismo ya estaba en camino. Ahora, aquí está…

El Castillo del Vampiro se alimenta de la energía, las ansiedades y vulnerabilidades de los jóvenes estudiantes, pero más que nada vive a través de la conversión del sufrimiento de grupos particulares –mientras más “marginales” mejor- en capital académico. Las figuras más alabadas en el Castillo del Vampiro son aquellos que avizoraron un nuevo mercado del sufrimiento –aquellos que pueden encontrar un grupo más oprimido y subyugado que cualquier otro previamente explotado se encontrarán a sí mismos promovidos en sus rangos bastante rápido.

La primera ley del Castillo del Vampiro es: individualiza y privatiza todo. Mientras que en teoría afirma estar a favor de la crítica estructural, en la práctica nunca se enfoca en nada excepto en el comportamiento individual. Algunos de estos tipos de la clase obrera no están terriblemente bien educados, y pueden ser bastante groseros en algunas ocasiones. Recuerda: condenar a los individuos es siempre más importante que prestar atención a las estructuras impersonales. La clase actual dominante propaga ideologías de individualismo, al tiempo que tiende a actuar como clase (mucho de lo que llamamos “conspiraciones” no es sino la clase dominante mostrando solidaridad de clase). El CV, como sirvientes incautos de la clase dominante, hace lo opuesto: habla de “solidaridad” y “colectividad” de la boca para afuera, al tiempo que actúa siempre como si las categorías individualistas impuestas por el poder realmente se sostuviesen. En tanto que son pequeñoburgueses en esencia, los miembros del Castillo del Vampiro son intensamente competitivos, pero esta competencia se reprime en la típica manera pasivo agresiva de la burguesía. Lo que los mantiene unidos no es la solidaridad, sino el miedo mutuo –el miedo de ser ellos mismos los próximos en ser rechazados, expuestos, condenados.

La segunda ley del Castillo del Vampiro es: haz que el pensamiento y la acción parezcan muy, muy difíciles. No debe haber ligereza, y ciertamente no debe haber humor. El humor, por definición, no es serio, ¿cierto? El pensamiento es trabajo duro, para gente con voces sofisticadas y ceños fruncidos. Donde haya confianza, siembra escepticismo. Di: no seas apresurado, tenemos que pensar más profundamente esto. Recuerda: tener convicciones es opresivo, y puede terminar en gulags.

La tercera ley del Castillo del Vampiro es: propaga tanta culpa como puedas. Mientras más culpa, mejor. Las personas deben sentirse mal: es una señal de que entienden la gravedad de las cosas. Está bien tener privilegios de clase si te sientes culpable sobre el privilegio y haces a otros, en una posición de clase subordinada a la tuya, sentirse también culpables. Realizas buenas obras para los pobres, también, ¿verdad?

La cuarta ley del Castillo del Vampiro es: esencializa. Mientras que la fluidez de la identidad, pluralidad y multiplicidad son siempre afirmadas en defensa de los miembros del CV –parcialmente para cubrir su propio trasfondo adinerado, privilegiado o de asimilación burguesa- el enemigo siempre debe ser esencializado. En tanto los deseos que animan al CV son en gran medida los deseos de los clérigos de excomulgar y condenar, tiene que haber una fuerte distinción entre el Bien y el Mal, con este último esencializado. Nótese la táctica. X ha hecho un comentario/ se ha comportado en una forma particular –estos comentarios/ este comportamiento podría ser interpretado como transfóbico/ sexista, etc. Hasta ahora, OK. Pero es el siguiente movimiento el que es la sorpresa. X luego es definido como transfóbico/ sexista, etc. Toda su identidad acaba definiéndose por un solo comentario equivocado o un error en su comportamiento. Una vez que el Castillo del Vampiro ha concitado su cacería de brujas, la víctima (frecuentemente de extracción social obrera, y no familiarizado con las formas de etiqueta pasivo agresiva de la burguesía) puede, ya de manera fiable, ser presionado hasta perder sus cabales, reafirmando así su posición como paria, y por último pasando a ser consumido en medio de una gula frenética.

La quinta ley del Castillo del Vampiro: piensa como un liberal (porque eres uno de ellos). El trabajo del CV, constantemente acumulando indignación reactiva, consiste en señalar sin cesar lo vociferantemente obvio: el capital se comporta como el capital (¡eso no es muy bueno!), los aparatos represivos del estado son represivos, ¡debemos protestar!

Neo-anarchy in the UK

La segunda formación libidinal es la neoanarquía. Por neoanarquistas definitivamente no me refiero a los anarquistas o sindicalistas involucrados en la organización de espacios de trabajo de verdad, tal como la Solidarity Federation (Federación de la Solidaridad). Me refiero en cambio a aquellos que se identifican como anarquistas pero cuyo involucramiento en la política se extiende poco más allá de protestas estudiantiles y ocupaciones, y comentar en Twitter. Como los habitantes del Castillo del Vampiro, los neoanarquistas usualmente vienen de un contexto pequeñoburgués, si es que no de algún lugar con mayores privilegios de clase.

Son también sorprendentemente jóvenes: en sus veintes o, máximo, a inicios de sus treinta, y lo que alimenta su posición neoanarquista es un horizonte histórico limitado: los neoanarquistas no han experimentado sino el realismo capitalista. Para el momento en que los neoanarquistas habían asumido su conciencia política –y muchos de ellos la han asumido recientemente de manera notoria, dado el nivel de fanfarronería alcista que muestran algunas veces- el Partido Laborista se había vuelto un caparazón blairista, implementando políticas neoliberales con una pequeña dosis de justicia social al lado. Pero el problema con el neoanarquismo es que irreflexivamente refleja este momento histórico antes que ofrece algún escape de él. Olvida (o quizás genuinamente no es consciente de) el rol del Partido Laborista en la nacionalización de las principales industrias y servicios públicos o en la fundación del Servicio de Salud Nacional. Los neoanarquistas afirmarán que “la política parlamentaria nunca cambió nada” o que “el Partido Laborista siempre fue inútil”, mientras acuden a protestas por el Sistema Nacional de Salud, o retuitean quejas sobre el desmantelamiento de lo que sobrevive del estado de Bienestar. Hay una extraña regla implícita en esto: está bien protestar en contra de lo que el parlamento ha hecho, pero no está bien ingresar al parlamento o a los medios masivos para intentar organizar el cambio desde allí. Los medios masivos deben ser desdeñados, pero debemos ver la BBC Question Time y quejarnos de ella en Twitter. El purismo se yuxtapone al fatalismo, mejor no estar en forma alguna tentado por la corrupción de lo masivo, mejor “resistir” inútilmente que arriesgarse a terminar con las manos manchadas.

No es sorprendente entonces que tantos neoanarquistas terminen dando la impresión de estar deprimidos. Esta depresión es sin duda reforzada por las ansiedades de la vida del posgrado,  en tanto, como el Castillo del Vampiro, el neoanarquismo encuentra su lugar natural en las universidades, y es usualmente propagado por aquellos estudiando para sus exámenes de posgrado, o aquellos que recientemente se han graduado de ello.

¿Qué hacer?

¿Por qué estas dos configuraciones han aflorado? La primera razón es que el capital les ha permitido prosperar porque sirve a sus intereses. El capital sometió a la clase trabajadora organizada al descomponer la conciencia de clase, al viciosamente subyugar a los sindicatos obreros al tiempo en que seducían a las “familias trabajadoras” para que se identificaran con sus propios, estrechamente definidos intereses en vez de los intereses de la clase más amplia; ¿pero por qué le preocuparía al capital una “izquierda” que reemplace la política de clase con un individualismo moralista, y que, lejos de construir solidaridad, propaga el miedo y la inseguridad?

La segunda razón es lo que Jodi Dean ha denominado como “capitalismo comunicativo”. Puede haber sido posible ignorar el Castillo del Vampiro y a los neoanarquistas si no fuese por el ciberespacio capitalista. El moralismo devoto del Castillo del Vampiro ha sido una característica de cierta “izquierda” por muchos años –pero, si uno no era parte de esa iglesia particular, sus sermones podían ser evitados. Las redes sociales implican que este ya no es el caso, y que hay poca protección frente a las patologías psíquicas propagadas por estos discursos.

¿Entonces qué podemos hacer ahora? Primero que nada, es imperativo rechazar el identitarianismo, y reconocer que no hay identidades, solo deseos, intereses e identificaciones. Parte de la importancia del proyecto británico de los estudios culturales – como lo ha revelado de manera tan poderosa y emotiva la instalación The Unfinished Conversation de John Akomfrah (actualmente en el Tate Britain) y su filme The Stuart Hall Project- era la de resistirse al esencialismo identitario. En vez de paralizar a las personas en cadenas de equivalencia ya existentes, el punto era tratar cualquier articulación como provisional y plástica. Nuevas articulaciones pueden ser creadas siempre. Nadie es esencialmente “algo”. Tristemente, la derecha actúa sobe este punto de manera más efectiva que la izquierda. La izquierda burguesa-identitaria sabe cómo propagar la culpa y conducir una cacería de brujas, pero no sabe cómo tener conversos.  Pero eso, después de todo, no es el punto. El objetivo no es popularizar una posición izquierdista, o ganar personas para la causa, sino mantenerse en una posición de superioridad de élite, pero ahora con superioridad de clase redoblada por la superioridad moral también. “¿Cómo te atreves a hablar? –¡nosotros hablamos por aquellos que sufren!”.

Pero el rechazo al identitarianismo puede ser solo logrado a través de la reafirmación de la clase. Una izquierda que no tiene a la clase como núcleo puede ser considerada solamente como un grupo de presión liberal. La conciencia de clase siempre es doble: involucra una conocimiento simultáneo de la posición particular que ocupamos en la estructura de clase. Debe recordarse que el objetivo de nuestra lucha no es el reconocimiento por parte de la burguesía, ni siquiera la destrucción de la burguesía en sí misma. Es la estructura de clase –una estructura que hiere a todos, incluso a quienes se benefician materialmente de ella- la que debe ser destruida. Los intereses de la clase trabajadora son los intereses de todos; los intereses de la burguesía son los intereses del capital, que son los intereses de nadie. Nuestra lucha debe dirigirse a la construcción de un mundo nuevo y sorprendente, no a la preservación de identidades perfiladas y distorsionadas por el capital.

Si nos resulta como una tarea abrumadora e intimidante, es porque lo es. Pero podemos empezar a comprometernos en muchas actividades prefigurativas ahora mismo. De hecho, tales actividades irían más allá de la prefiguración –podrían empezar un círculo virtuoso, una profecía autocumplida en la que los modos de subjetividad burgueses fueran desmantelados y una nueva universalidad se empiece a construir a sí misma. Necesitamos aprender, o reaprender, cómo construir camaradería y solidaridad en vez de hacerle el trabajo al capital al condenar y abusar entre nosotros mismos. Esto no significa, por supuesto, que debemos siempre estar de acuerdo- al contrario, debemos crear las condiciones en donde el desacuerdo pueda tener lugar sin miedo a la exclusión o excomulgación.

Necesitamos pensar muy estratégicamente cuál será el uso de las redes sociales –recordando siempre que, a pesar del igualitarismo de las redes sociales reclamado por los ingenieros libidinales del capital, este es territorio enemigo, dedicado a la reproducción del capital. Pero esto no significa que no podamos ocupar el terreno y empezar a usarlo con propósitos de producción de conciencia de clase. Debemos romper con el “debate” propuesto por el capitalismo comunicativo, en el que el capital está incesantemente engatusándonos para participar, y recordar que estamos involucrados en una lucha de clase. La meta no es “ser” un activista, sino ayudar a la clase trabajadora a activar –y transformarse- a sí misma. Fuera del Castillo del Vampiro, todo es posible.