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Artículo escrito por el primer presidente de la Federación de Estudiantes de la PUCP. Hasta el momento de esta transcripción, no se encuentra disponible una versión en linea. Por sus ideas, bien vale rescatarse.

Reforma y espíritu universitario
Alfonso Cobián

ARETE, número uno, Mayo de 1958.

Es un tópico en la conversación estudiantil el problema de la Reforma Universitaria. Existen muchas publicaciones y conversatorios dedicados a ella. La discusión de la nueva ley universitaria ha puesto sobre el tapete el tema con particular intensidad. En esta altura urge precisar algunos conceptos. El planteamiento de la Reforma Universitaria nace en Córdoba, anejo al propósito de poner la Universidad al servicio del país, de abrir sus puertas al pueblo, de hacer de los claustros no sólo centros de investigación académica sino verdadera República de Estudiantes, los estudiantes que enseñan y los estudiantes que aprenden. Para el cumplimiento de esta intención se ofrecieron una serie de medios: participación estudiantil, temporalidad de la cátedra, asistencia libre, derecho de tacha, concurso para el ingreso a la docencia, etc.; dichos medios se han convertido actualmente en dogmas válidos por sí mismos, pues se ha perdido en muchos ambientes el sentido y la misión de la universidad. La Universidad se ha convertido en el Centro de las reivindicaciones en que profesores y alumnos parecen formar bandos antagónicos. Para muchos hablar de reforma significa el derecho de tacha o ejercicio del cogobierno, el igualitarismo desconocedor de toda jerarquía. Y es que estos olvidan que la reforma es sólo un medio, una condición de posibilidad para la adaptación de la universidad a las exigencias culturales y sociales del momento, vale decir, para la mejor realización de su fin: la conservación y la elaboración de los valores de la cultura y la voluntad de servicio para modificar las estructuras nacionales a través del estudio desinteresado de los grandes problemas, único camino para soluciones efectivas. Esto supone un espíritu, más aún, una creencia para transformar la realidad. Para quien creyera que lo cultural, y con ello, la Universidad, es fruto tan sólo de las virtualidades económicas no es posible una reforma de la Universidad. Para nosotros, que creemos en la educación como factor fundamental en la dirección de la vida de las instituciones y de la colectividad, la universidad puede reformarse. Esto no supone negar las influencias económicas que deben atenderse ya que juegan, ahora más que nunca, papel principalísimo debido a la interesante metamorfosis por la que atraviesa la Universidad Peruana, abierta a las clases populares dentro de una perspectiva más amplia frente a lo nacional y a los valores de justicia y bien común. Lo que se quiere decir es simplemente que la solución de la universidad no se logra con la de su factor económico. Requiere una dirección, principios que guíen su actividad.

Con lo que llegamos al núcleo primario: la desorientación que obedece a la falta de sustancia espiritual, de asideros básicos. Sin pretender que la universidad sea la obra de una dirección de las opiniones o que absorba los puntos de vista personales, es necesario admitir que se impone la necesidad de un contacto con las fuentes nutricias del pensamiento, con los problemas radicales del hombre. Por no ofrecer esto, la Universidad Peruana se encuentra en crisis, y ésta es a nuestro entender la crisis más profunda.

No es sólo del pensamiento sino también crisis de estructura. La organización de la Universidad no permite el acercamiento de sus miembros, no compromete al alumno en la tarea común de hacer universidad. De aquí que la reforma también sea reforma de estructuras, modificación de los medios de acción. Pero esto n ose puede lograr de una vez para siempre sino que supone una continua adecuación de sus propias posibilidades en la medida que permita el cumplimiento de la esencia de la Universidad.

Por eso, no debe confundirse la Reforma con su movimiento cordobés. Este es un planteamiento y tiene como principal mérito haber estimulado a la reflexión sobre la misión de la universidad latinoamericana. Pero de 1918  a la hora actual, muchos problemas han tomado rumbo distinto. Los medios pedagógicos se han perfeccionado y nos hemos dado cuenta que el mucho acentuar un aspecto de la Universidad ha llevado a olvidar otros más importantes, como es el problema académico. Es verdad que la Universidad no es sólo un seminario especializado; que debe servir a la Nación y que esto se hace más necesario en países como el nuestro por la pobreza del medio cultural, por la injusticia de la situación social que imponen a las corporaciones universitarias exigencias más concretas y urgentes. Y es cierto también que muchos han esquivado esta tarea, refugiándose en el individualismo miope, afirmando que “ala Universidad se viene sólo a estudiar”. Sí, a la Universidad se viene a estudiar pero el estudio no es sinónimo de aislamiento, de despreocupación por el contorno sino que supone la comunidad, el diálogo, el acercamiento objetivo de los problemas nacionales. El estudio no es repetición de tópicos ya que su punto departida se encuentra en lo problemático. La ciencia auténtica no es indiferente a las tareas humanas; constituye su base y a ellas apunta. En este sentido la Universidad debe estudiar, porque como dice Karl Jaspers, “donde se abandona la ciencia, la fantasía y el embuste se convierten en una seudociencia, por virtud de lo que cual el equivocado se une al fanatismo. Lo anticientífico es el suelo de la inhumanidad”. El estudio es escuela de objetividad, posibilidad de díalogo por el que el hombre se siente ligado con lo fundamental, sabe que toda palabra, que toda opinión tiene implícita un compromiso, una responsabilidad. Que frente a los grandes problemas no basta el adjetivo –efectista y trivial muchas veces- sino una voluntad de respeto a las opiniones dispares, en la convicción de que sólo de la libertad al esfuerzo y a la sinceridad de todos nos encontramos en el ámbito para alcanzar la verdad. La preocupación universitaria excluye por eso los intereses de partido público que son por naturaleza parciales e interesados y que no tiene como móvil la confrontación de opiniones sino la reducción de unas a otras no sólo en la tarea sino en la actitud práctica. A nadie puede privársele de sus convicciones pero la Universidad debe evitar que sus dirigentes, profesores o alumnos tiñan su estructura con las notas de una organización política. Lo político es en la universidad problema, cuestión que debe debatirse y no consigna práctica ni derrotero de acción partidaria. Ha de procurarse un clima de cohesión y de respeto y no de separación en que los organismos estudiantiles sean un medio de la tendencia política reinante en un momento dentro de la Universidad.

También se ha confundido muchas veces la preocupación por los problemas nacionales con la alusión constante a determinadas cuestiones con los mismos argumentos y datos del periódico o del hombre de la calle, es decir sin un estudio previo de los mismos, lo que desprestigia la voz del estudiantado y la rebaja de nivel. La Universidad debe pronunciarse y ser cátedra de los problemas nacionales pero ofreciendo la garantía no solo de su entusiasmo sino de su nivel. En este momento frente a muchos problemas no basta la vocinglería, el culto delo ruidoso, sino la solución técnica de acuerdo a la especialidad. Esto no significa que los problemas nacionales sean abordados sólo por las facultades especializadas porque ello significa pensar la universidad como una suma de especialidades y perder su punto de vista orgánico. Frente a lo común debe haber integración, y son las tareas concretas las que propician vínculos y acercamiento. Es ya hora en que nos pongamos a estudiar y a respaldar con suficiencia las opiniones que sustentamos. Es ya hora de librarse del tópico por la reflexión crítica y el estudio sereno.

Solo si la Universidad ingresa por este cauce, los medios de posibilidad que significan su reforma y su reestructuración legal surtirán algún efecto. Debemos asimilar la preocupación esencial que trae el movimiento de Reforma latinoamericana: la preocupación por lo nacional. Pero nos compete a nosotros integrarlo dentro del espíritu universitario, hacer de la universidad un espíritu viviente, mirar las cuestiones nacionales, ante todo, como problemas humanos. Ver en los llamados puntos de la reforma condiciones prácticas, soluciones históricas y no dogmas doctrinales. Así si bien es muy justificable la libre asistencia como medio para propiciar el ingreso a la universidad de las clases menos favorecidas y un camino para la democratización de la universidad, es de otro lado, una forma de relajación de la vida institucional si se le hace indiscriminada. La misma ventaja sin el consiguiente peligro para la vida institucional podría obtenerse haciendo que los estudios no fueran por años sino por materias. El alumno que por determinadas razones de trabajo, u otras, no pudiera hacer carrera en seis años la haría en ocho, estando garantizada su preparación y la atención de sus exigencias ocupacionales. De esta manera los principios de la reforma mirados en el contexto que hemos plateado son susceptibles unos de conservación, como la participación estudiantil, la provisión de cátedras por concurso; otros son correctibles, o reemplazables, como la asistencia libre o el derecho de tacha, que vulnera la dignidad del profesor y que puede ser sustituido por el derecho de petición o de queja, que no viene a ser otra cosa que la iniciativa del alumno para la separación del profesor incompetente por los organismos directivos de la Universidad. De esta manera se salva la jerarquía de las funciones y se asegura la intervención del estudiantado.

Para nosotros la reforma universitaria tal  como ha sido formulada y tal como se la expone es incompleta en la medida que olvida la Universidad como misión, que hace de ella un instrumento de impulso y no una fuente. La tarea universitaria es una tarea de integración normada por sus fines constitutivos y por las demandas de su horizonte actual. A nosotros nos compete frente a ello estudiar la Universidad, conscientes de nuestra responsabilidad de generación nueva, no ligada a intereses, y dispuesta a afirmarse en el diálogo y en el cambio de opinión frente a lo que hemos recibido. La comunidad universitaria no debe entenderse como pasiva ausencia de conflictos, sino como confrontación respetuosa y sincera de posiciones.