No quiero pecar de pesimista, pero no creo que haya una solución a corto plazo para la cuestión de la violencia verbal en las barras de las Interfacultades. Como todos los años, los representantes estudiantiles nos reunimos y tratamos de establecer penalidades para aquellas barras que incurran en insultos y discursos de odio, sin embargo, estas penalidades parecen no tener el efecto deseado, y los pronunciamientos terminan siendo un lúgubre saludo a la bandera. Palabras como “terrucos”, “cabros” y “putas” son todavía moneda común en algunas de las barras de la universidad, y forman parte de una perversa estructura simbólica que se replica con mayor fuerza en algunas facultades y con menor fuerza en casi todas.

Dejando de lado la posibilidad de cancelar las Interfacultades (no por que me parezca una mala opción sino por simple curiosidad teórica), creo en la necesidad de establecer algunas reflexiones, y de allí partir a buscar soluciones para el tema.

La cuestión del goce

Converso con un amigo de Generales Ciencias. “La euforia nos hace cantar nomás, ya es algo natural”. Y es cierto: la violencia verbal, al menos en este caso, el contexto particular de las Interfacultades, nada tiene que ver con el conocimiento que uno tenga que ver con el problema. Uno puede ser una persona totalmente instruida sobre las consecuencias de la violencia verbal en todas sus clases, y dado un momento de euforia, igual unirse a cánticos de tipo sexista, homofóbico, o que banalicen la violencia. Y ciertamente la pasión no pasa por el conocimiento, sino que pasa por otro espacio, el espacio del goce, del goce pulsional.

El goce no es el placer. El placer es algo que reduce la tensión. El goce más bien la aumenta. Es una subida de tensión. Todos experimentamos ese espacio de un modo u otro. Es un espacio que, llevado al extremo, es destructivo y autodestructivo. En la película peruana “El Evangelio de la Carne”, hacia el final del filme, el barrista (no cualquier barrista, uno de los líderes de la barra), incluso sabiendo que su hermano está encerrado en la cárcel, incluso sabiendo que puede morir al enfrentarse en una batalla campal, incluso sabiendo todo esto, decide enfrentarse con la barra rival. Y bueno, lo que pasa es lo lógico: el personaje, teñido de tintes heroicos, termina muriendo. Esta es la naturaleza de la pulsión, del goce. El goce es autodestructivo (y el goce no es el placer).

Es importante entender esta cuestión, porque lo que hace la barra, en algún sentido, tanto como asociación de personas pero también en su sentido literal –esto es, cuando hacemos una barra, lo que hacemos es organizar un significante (un cántico, un nombre, una mascota, una facultad, un grupo de personas) alrededor de un goce. ¿Qué goce? El goce de la euforia, de la pasión. Y el goce es, otra vez, de un modo muy general, siempre violento. A veces puede no serlo pero eso pasa por otra operación (justamente la de convertir el goce en placer). Y es violento de varias maneras: es violento tanto para el sujeto del goce, para otros sujetos, y para la estructura en la que se produce, porque el goce siempre desestabiliza y siempre rebalsa.

Los términos pueden ser bastante abstractos pero piénsese en las barras, en el caso específico de la PUCP. Hay un orden que podríamos llamar el orden oficial, el de las instancias oficiales de representación (gremios y cogobiernos), que tienen, en el caso de las Interfacultades, delegados de barras. Pero las mejores barras, las barras más grandes, las más apasionadas, las más disciplinadas, forman sus propias estructuras fuera del orden “oficial”. ¿Por qué? Porque necesitan su propio espacio, sus propias formas de militancia alrededor de ese goce.

[Ahora, eso por sí solo no está mal, el hecho de que las barras estén fuera del orden “oficial” tiene tanto ventajas como desventajas, y plantea sus propios dilemas. Uno podría pensar en la situación de que un grupo de representación política use al grupo de barras con algún fin específico– y de hecho, hace años ocurrió esa situación, y podría ocurrir ahora mismo, y podría seguir ocurriendo en el futuro.]

Una pasión es una pasión

¿A qué va toda esta cuestión del goce? Pues que el goce se puede fijar (y frecuentemente pasa así) en algunas palabras. Palabras, o sonidos específicos que generan goce. Pierden su cualidad de significante para encarnar el goce mismo. Esta es la reacción clásica del barrista que suelta un insulto homofóbico, y sin embargo, no tiene conductas homofóbicas más allá de esta palabra en su vida diaria. Cuando se le cuestione, posiblemente su respuesta será algo parecida a “pero yo no tenía esa intención, decir eso significa otra cosa, no significa que sea homofóbico”. Y lo que dice es cierto, cierto en algún sentido. “No sé por qué lo digo, pero gozo cuando lo digo”. Es cierto en el sentido en que aquí la palabra pierde su significado, al menos para quien habla, y se transforma en pura relación con el goce. El goce se fija en la palabra, en los cánticos, en la experiencia, de allí que sea tan difícil cambiar “de pasión”. “Una pasión es una pasión”, dice Escribano, el proverbial personaje de “El Secreto de sus ojos”. Y la pasión es una militancia, además, de una disciplina exacerbada porque tiene que ver con el goce mismo del cuerpo: cantar, saltar, tocar, gritar, ver.

Esta pequeña introducción de corte psicoanalítico nos abre varias conclusiones y muchas más preguntas. Primera conclusión: esto no es un problema de conocimiento (al menos, no principalmente) sino que es otro tipo de problema, un problema que pasa por el cuerpo y por el goce, y por tanto, “capacitaciones sobre el problema” no van a ser suficientes. No es un problema de “no saber que está mal”, sino que es un problema de “saber que está mal, y justamente por eso, proseguir”. Segunda conclusión: esto excede a las redes de representación estudiantil “oficiales”, y por tanto, no se puede cargar con la culpa a los representantes estudiantiles oficiales.  Tercera conclusión: el goce se fija en algunas palabras,  o expresiones, o cantos, o gestos, de manera personal, o histórica, o colectiva, pero se fija.

¿Que el goce se fije en estas palabras, de-significándolas, significa que dejen de tener contenido homofóbico, o misógino, de discurso de odio en general? Vale hacer algunas aclaraciones. Sí y no. Sí porque en un primer momento estas palabras sí tienen significado: se utilizan para disminuir al otro, feminizarlo, y en caso sea mujer, de objetivizarla, o sexualizarla. Y es algo totalmente consciente: lxs alumnxs saben que esto está mal, y de hecho es porque es malo que lo utilizan, de hecho es por eso que gozan diciendo estas palabras. Pero pronto estas palabras, estas ofensas, devienen en otra cosa, una cosa sin significado, que se repite compulsivamente.

Dos estrategias

¿Cómo interrumpir este peligroso proceso, entonces? Hay que advertir que sin ese goce, sin algún nivel de ese goce, de esa violencia, no hay barra. No es tan simple como caer en la idea idílica de todas las barras tomadas de las manos. Lógicamente, allí no hay barra. La barra traduce, de algún modo, la violencia de la competencia hacia otro lado. De lo que se trata es de fijar ese goce en otra cosa, en otra palabra que no tenga una carga subjetiva tan grande en nuestro contexto.

Creo que hay dos caminos a tomar, como lo mencioné en la Junta de Presidentes donde se discutió el tema, una estrategia a corto plazo  y una a mediano-largo plazo. La de mediano-largo plazo es la más fácil de explicar: establecer cursos en la currícula de todos los estudiantes de la universidad en los que se analicen los problemas derivados de los discursos de odio, y de ese modo canalizar el goce en otra dirección. Aquí, sin embargo, debo justificarme, ya que he empezado diciendo que el goce no pasa por un tema de conocimiento, o no pasa principalmente por un tema de conocimiento. De lo que se trata con los cursos en la currícula no es de dar conocimiento solamente sino de crear un sistema en el que un sujeto produzca conocimiento, y que este conocimiento produzca un goce. No se trata de una acción aislada, sino de crear un sistema, un sistema, el sistema académico que produzca un sujeto determinado, un sujeto que goce de determinada manera, y cuyo goce esté relacionado con esta academia. Esto sería lo que Lacan llama el discurso universitario (Seminario XVII, El reverso del psicoanálisis), un discurso que pone a trabajar el goce del sujeto. Repetiré la idea: no se trata del conocimiento per sé, sino de un sistema de procesamiento de ese (ex) goce perverso, de un sistema que haga trabajar este goce.

[En un ejemplo similar frente a la pregunta sobre cómo detener la violencia en los estadios de fútbol, el doctor Ghersi sugiere, desde la perspectiva del Análisis Económico del Derecho, una serie de reformas que tienen que ver derechos de propiedad, con los derechos de propiedad sobre aquello donde se ejerce la violencia. Creo que es una solución nada despreciable, aunque inaplicable en la PUCP. Sin embargo, me parece interesante mencionarla porque el sistema que subyace es el mismo: hacer que el goce pase por otra cosa.  Introducir derechos de propiedad trastoca en cierto nivel el sistema perverso de goce, y hace que se goce de otro modo. Este otro modo trae a su vez sus propias ventajas y desventajas que no elaboraré aquí.]

La estrategia a corto plazo tiene que ver con otra idea, y con una teoría de cómo la imagen y el texto pueden funcionar en estos casos como una forma de dislocar el goce. Una posible opción de estrategia a corto plazo tiene que ver la saturación, que, creo, es por lo que se decantó Renzo Saravia, presidente de la FEPUC. ¿A qué va la saturación? A que el campo visual esté (literalmente) saturado de frases en contra de la violencia. Y creo que puede funcionar, pero su potencia se sostendría en la saturación misma, y no en la frase dicha.

Yo quiero sugerir otra opción de estrategia a corto plazo, también en el terreno de la imagen texto. Esta estrategia tiene que ver con darle un rostro a esa palabra que ha devenido ya sea en deseo (fantasmático) de disminuir al otro, ya sea en pulsión, de allí que haya propuesto una campaña visual. Pero no una campaña visual cualquiera, no las clásicas imágenes “no a la violencia verbal”, sino verdaderas imágenes radicales. Imágenes, fotografías, difíciles de ver. Que no sean fáciles de contemplar, imágenes que nos enfrenten a la violencia misma de las palabras que utilizamos. Y por supuesto, intervenir el espacio de la universidad con esas imágenes. No tiene que ser necesariamente la Federación quien promueva esto, sino que cualquier alumno o asociación de alumnos podría hacerlo. La imagen, se me ocurre, podría estar acompañada de un soporte textual que la ubicara políticamente en contra del uso de estas palabras ofensivas, y que además brindaría ya sean datos sobre las consecuencias de la violencia, ya sean testimonios de personas implicadas en casos de violencia.

yuyanapaq

Conclusiones entonces: no culpar -al menos, no a priori- a los representantes estudiantiles (por más tontas que sus opiniones puedan ser), no sobrestimar el poder de las “capacitaciones”, ubicar bien el lugar del goce de la barra para poder trabajar desde allí, trabajar estrategias a corto y a mediano-largo plazo. Y por sobre todo, ser creativos con las formas en las que tratamos de interrumpir estos discursos de violencia.