Seminario de Teoría Literaria
Juan Carlos Ubilluz
30/03/2015

Antes de seguir con la lectura de Miller sobre la pulsión y Kant y Sade y todo eso, ¿hay alguna cosa que no quede claro? Creo que hay muchas cosas que no quedan claras, pero ¿hay alguna en especial? ¿O todo es clarísimo, fácil de entender? Creo que hemos arrancado fuerte con las lecturas, pero para estas dos clases han habido dos lecturas… sí, hemos arrancado violentamente, pero para esta clase teníamos la lectura del Síntoma de Miller, y esta cuestión de la pulsión y el superyó, y luego vamos a entrar a los cuentos, que son más fáciles de leer, y donde vamos a aplicar la teoría que hemos leído. Pero sí, sí, reconozco que hemos empezado fuerte. Pero ahí ya tienen un corpus para seguir releyendo, y sí, las lecturas requieren varias lecturas. Por ejemplo, Zizek dice que leyó el escrito de Kant con Sade sobre Lacan, lo leyó y no entendió nada. Fue a las clases de Miller, y a la tercera lectura recién empezó a entender. Los textos de Lacan, él mismo decía que no estaban hechos para ser leídos. Pero si en este curso llegan a entender un 60, 70%, entonces ya están a otro nivel. La idea es que le pierdan el miedo a esta dificultad, que se acostumbren a esta dificultad.

Vamos a entrar a esta lectura de Miller, vamos a ir paso por paso. Para ir entendiendo un poco este concepto de la pulsión. Hay tres textos a los que se refiere: se va a referir, el texto básico, es el Malestar en la Cultura de Freud. Es un texto que uno diría que empieza a ser pesimista. Donde empieza a haber cierto pesimismo en Freud sobre la felicidad en la sociedad. Si es que la sociedad en la sociedad es posible, o individualmente. Y hay ciertas dificultades que se van a introducir en el texto. Porque si uno lee a Marcusse, uno tendría la impresión de que hay costumbres que torturan el eros, el cuerpo, la naturaleza. La naturaleza es torutrada por una cultura indebida. Hay una cultura indebida que no los respeta, que no respeta el libre despliegue de los instintos y las pulsiones en el ser humano. Pero el malestar dice otra cosa: no se trata de relajar la cultura, sino que hay problemas en la cultura a la misma felicidad.
Luego el otro texto es el Seminario VII de Lacan, que es la Ética del Psicoanálisis, es de los 70. El Malestar es de los años 20, por ahí. Es un texto que viene con el desarrollo de la pulsión de muerte (y va a tener resonancia más adelante). Sin la intuición del concepto de pulsión de muerte, este texto sería impensado. Este texto presupone la existencia de la pulsión de muerte. Y el Seminario VII, Lacan introduce la “directiva ética del psicoanálisis”. Lo único de lo que es culpa el sujeto, es de ceder al deseo. El deseo es el único principio rector del psicoanálisis. Veremos qué significa eso exactamente. No se trata de una carta blanca al hombre. Ah, ya esta: es de 1930 el Malestar. La elaboración de la pulsión de muerte es de 1920, y es algo que introduce Freud a partir del caso de esta mujer Sabrina Spilrein. (Si quieren ver una película sobre eso, vean a Kronenberg). Es una psicoanalista rusa, y Freud asume el concepto de muerte, a pesar de su propio desarrollo, y a pesar de la resistencia de otros psicoanalistas.

Entonces, la ética del deseo. Pero hay dos opciones que podrían confundir, trastabillar la ética del deseo. “Lo importante es hacer lo que yo quiero”, dicen los adolescentes. Pero qué es lo que yo realmente quiero. ¿Cuál es realmente mi deseo? Hay muchas cosas que pueden confundir, y dos de ellas son la pulsión y el superyo. Lo que vamos a ver es que no se trata de campos opuestos sino que es el mismo campo. De lo único culpable es de ceder en el deseo. Por otra parte, se va a referir a otro texto Miller, que es Kant con Sade. Y aquí Lacan sigue la tradición de la Escuela de Frankfurt para analizar el lado sadeano de la sociedad. Adorno y Horkheimer son dos investigadores de la Escuela de Frankfurt (y ahí empieza la teoría crítica, el psicoanálisis con el marxismo, cierta teoría hegeliana). Y ahí Kant es asociado con Sade. Hay algo sadeano en Kant: hay una exigencia excesiva en su ética que lo posiciona muy cercanamente a la existencia de Sade. En Sade hay una ética, no se trata simplemente de hacer lo que me da la gana.
Hay que decir que la semilla de Kant con Sade se encuentra en el Seminario VII. Y Kant con Sade inicia siendo un encargo, de parte de una editorial. Pero esto fue rechazado. Y el rechazo fue porque el editor no pudo entender el ensayo de Lacan. Seguimos adelante, entonces.

Freud se pregunta, con eso inicia Miller, qué es lo que busca el hombre más allá de lo que debería buscar. El moralista diría que el hombre busca el bien. Pero Freud no empieza por eso, su respuesta es una respuesta de sentido común iluminista, de la Ilustración, cuando había la confianza en superar el atraso de la religión, la tradición, la superstición. Y la respuesta es la felicidad. Eso esta en la constitución norteamericana, y en nuestra propia constitución. Y felicidad en dos sentidos: ausencia de dolor, y sensaciones placenteras. Es una respuesta de sentido común porque en la misma elaboración de Freud uno ve pacientes que no buscan la felicidad. Hay un número grande de pacientes, melancólicos y neuróticos obsesivos, que no buscan la felicidad. Hay algo en todos nosotros que no busca la felicidad: el masoquismo moral, por ejemplo, o las personas que buscan la derrota, el fracaso, que de alguna manera lo están buscando, inconscientemente pero lo buscan. ¿Por qué consumimos historias de amor que tratan sobre el fracaso? ¿Qué es eso que apunta al fracaso? La felicidad no está de ese lado. La clínica nos muestra que hay gente que no busca la felicidad.
La felicidad obedecería para Freud al programa del principio del placer. Y digamos que esto es parte de, lo que ya he dicho, el siglo de las luces: el optimismo del pensamiento científico. Si leen El nacimiento de la Tragedia, van a ver que el pensamiento optimista comienza con Sócratas, que piensa que la tragedia no existe, que las cosas pueden ser corregidas, infinitamente corregidas. Y digamos que la ciencia propondría eso, heredaría ese optimismo socrático, y podemos mejorar las cosas: hacer una sociedad racional, con reglas flexibles. Ese es el principio de placer, que iría con el siglo de las Luces. Pero ya ha ocurrido algo que hace del pensamiento de la felicidad con la ciencia algo dificil: la primera guerra mundial. Y Freud no es porque se ha sentido atraido a Spielrein que es que acepta la pulsión de muerte. Freud acepta la pulsión porque hay algo que ha venido con el hombre y que ha ocasionado la I Guerra Mundial. Acaba la Belle Epoque, acaban los dandys, y entra la teorización de Freud. Freud que rechazaba el pesimismo de Schopenhauer, o ciertas fórmulas nietzscheanas, y asume ese concepto.

En segundo lugar, dice que el precio del progreso debe pagarse con la felicidad. Entonces aquí hay una caída con respecto al optimismo, con respecto a la cultura. El progreso cultural se paga con la felicidad, y eso lo dice antes del epílogo. Todo precio cultural debe pagarse con la felicidad, y eso es algo dificil de tragar. El programa de la cultura entonces no va a ser el programa del principio de placer. La cultura apunta no a la felicidad sino a la infelicidad, pero ¿por qué? Porque uno pensaría que la cultura es esto del exterior que no nos deja ser felices. Pero hay algo en el hombre que está del lado de la cultura. ¿Por qué el progreso se paga con un déficit de felicidad? ¿Por qué hay que perder la felicidad para avanzar? La primera respuesta de Miller es que es por culpa, por la eficacia del sentimiento de culpa. Sentimos culpa. Trabajamos por algo, obtenemos beneficios, y sentimos culpa. Y entonces mandamos plata a la beneficiencia: hay culpa, queremos apagar esa culpa, y eso es más dificil de lo que parece. Y esa culpa está vinculada a la pulsión de muerte. Acá tenemos la tesis que se va a sostener hacia el final, Miller, que es lo siguiente: la culpa está relacionada a la pulsión de muerte, y en ese sentido, el superyo está relacionado a la pulsión de muerte. Y eso es antiintuitivo: el superyo que pensaríamos que está relacionado a la conciencia moral, está relacionado con la pulsión de muerte, que estaría ligada al cuerpo. Hay un vínculo entre la pulsión y el superyo.
Ahora bien, el psicoanálisis se presenta como una ética contra el superyo. Cómo superar el superyo para asumir un deseo. De qué manera vencer el superyo para asumir un deseo. Freud dirá en algún momento que hay que relajar la cultura, pero es algo problemático, porque la cultura viene de nosotros. No se trata de relajar algo en la cultura simplemente. Los curas no se pueden casar, esa es una práctica regresiva, y si se relajase la cultura, los curas ya no violarían niños. Son ideas nuestras, relajar la cultura. Pero las exigencias de la cultura tienen que ver con las exigencias que son nuestras. Vamos a la página 157 y 158 del texto. ¿Cómo hay esta oposición fácil que finalmente va a ser descifrada? La columna del eros, y la columna del anti eros: del eros estaría la naturaleza, y del antieros, la cultura. La cultura es el malo de la película. Del lado del eros estaría la libertad, y del antieros, las restricciones del orden de la cultura: la iglesia, por ejemplo. Del eros estaría la autonomía: auto-nomos, mi propia ley, y del otro lado, heteronomos, la alienación, la ley del otro. Luego tienen el Uno y el Otro, el Deseo y la Ley, Eros y Tánatos, de un lado la satisfacción, del otro la frustración, mujer eros y hombre antieros. “Las mujeres son de marte, los hombres son de venus”. Esto es el sentido común de cómo pensar la cultura: se necesita relajar la iglesia católica. En algún lugar de nosotros, creemos esto. Esto es lo que sostiene Freud, pero es algo que nosotros creemos.

Pero sin ir al concepto de la pulsión de muerte, analicemos esto del lado de la mujer. Porque si ustedes habrán visto acá, la mujer está puesta del lado de la naturaleza, y el hombre del lado de la cultura. Y acá viene la famosa tesis de Freud, criticada por el feminismo, es que las mujeres tienen un superyó relajado, y que por lo tanto -eso es una vieja idea, Hegel decía que el hombre es bienestar, la mujer es la familia; el hombre cree en la universalidad, la mujer en la particularidad; esa es la vieja dicotomía, y Freud cae en esta dicotomía. Este es el Freud conservador, que se convierte luego en una suerte de ogro cultural. Pero también hay que decir que la cosa es más compleja que eso. Porque en la teoría freudiana, la mujer es la civilización, porque el eros va a ser una pulsión que va a congregar, que va a hacer vínculos más extensos. La mujer estaría del lado de la civilización y el hombre no lo estaría.

En la página 169, Miller señala: “…”. ¿Se entiende? Eros está del lado de la naturaleza. Pero el problema con esta elaboración de Freud es que Eros también está del lado de la cultura: el eros es lo que lleva a juntar a hombres y mujeres, a grupos humanos, y cuando Freud habla de un gobierno mundial, está hablando de la obra de Eros. ¿Cómo es que puede estar en dos lugares? Luego viene el elogio de Lacan de la mujer. En el seminario XX hay una elaboración sobre el goce femenino, pero eso no es simplemente Lacan contra Freud. No es que Freud sea conservador y Lacan progresista porque es de los 50s, 60s. Se trata de que el elogio de Lacan tiene las mismas bases que la relación mujer-eros que está en Freud. Esa es la diferencia entre la universidad norteamericana, y la escuela psicoanalítica francesa o latinoamericana. El idioma predilecto del psicoanálisis lacaniano es el español. Miller no es publicado en Francia, sino en Buenos Aires. Ah, bueno, la escuela dentro del juego ideológico, dentro de la escuela psicoanalítica es la siguiente: Freud y Lacan van en la misma dirección. Lo que hace Lacan es una exégesis de Freud, y eso mismo dice Lacan, pero eso está en duda. En el seminario XXIII dirá que no es freudiano, pero en el seminario XXVII va a decir que es freudiano. Entonces, el juego es decir que Freud y Lacan van en la misma dirección. En la escuela norteamericana el juego es decir que Freud es conservador. Esa es la diferencia. El problema con la segunda elaboración es que la obra de Lacan no está en contra de Freud, sino que surge de la lectura de Freud.

Volviendo al tema, la mujer es puesta como fundamento de la cultura, y en un segundo momento de la cultura, entraría lo masculino en sus vertientes pulsional y superyóica. Entremos en detalle al concepto de pulsión, que viene del alemán trieb. Y la pulsión ha sido mal traducida por “instinto”. La pulsión no tiene que ver con el instinto. Otros autores utilizarán “impulsión”. Podría ser incluso “impulso”, pero no pertenece al orden natural. El instinto es un saber que está en el cuerpo, mientras que la pulsión es algo distinto. La pulsión está sujeta a avatares. La pulsión es el cambio de objeto, y eso sería la diferencia con el instinto, que el instinto tiene un objeto definido. La pulsión tiene avatares. La pulsión se desvía, pasa por acá, por allá, es distinto. En el ejemplo que da Miller, un viaje de avión tiene avatares, pero la satisfacción se mantiene. En Freud, lo que hay es “la meta”, y la meta no hay que pensarlo como en el tiro al blanco. Una meta es algo que se cumple, y eso no pasa por un ensartamiento, sino por ir a esa meta. Lo que quiere decir Miller es esta elaboración lacaniana de que la pulsión tiene su fuente, y da la vuelta al objeto y vuelve a la fuente. La pulsión sirve para darle la vuelta al objeto. En ese sentido la pulsión siempre se satisface. De alguna manera u otra la pulsión siempre se satisface. Regla psicoanalítica: tiene sus consecuencias sociales, pero la pulsión siempre se satisface. Es un principio metapsicológico. De hecho, Freud consideraba que su concepto más “metafísico”, léase metapsicológico, es el de la pulsión.
Entonces, lo que nos diferencia de los animales es la pulsión. ¿Cuál es la diferencia entre el hombre y el animal? El hombre tiene pulsión. Ahora, se dice que Freud hace pasar la pulsión por la cultura. En el caso de que sienta una experiencia de goce en cortar el cuerpo de ranas, la sublimación me lleva a asumir la profesión del cirujano, obtengo reconocimiento social a partir de un avatar pulsional. Y si la cultura puede hacer eso, si la sublimación puede hacer eso con la pulsión, la cultura no está en contra de la pulsión.

Cultura y pulsión pueden estar del mismo lado. El síntoma es algo que permite la satisfacción de la pulsión, eso vamos a ver la próxima clase. El síntoma está de lado de una satisfacción personal. El síntoma satisface, del síntoma se goza. La gente no se cura no porque esté engañada, sino porque goza de su enfermedad, esa es otra regla psicoanalítica. Si consideramos el síntoma, digamos, como una disfunción, uno se preguntaría por qué es que uno no lo deja. Y es que el síntoma se goza. Si uno traduce síntoma por vicio, se entiende mejor. Y como dice en la página 162 Miller, la pulsión y el síntoma están pensados alrededor del goce. Los dos satisfacen el goce. Y allí podriamos decir: la pulsión (no ) se satisface con goce. Quiero poner esta frase porque de alguna manera encierra muchas cosas, muchas sutilezas de la teorización sicoanalítica sobre la pulsión. Por ejemplo: la pulsión se satisface con goce, y esto es que la pulsión siempre se satisface, lo que ya he mencionado. Su meta es bordear el objeto y gozar de ese bordear el objeto si lo encuentra. Y sin embargo, yo digo algo como “la pulsión no se satisface”. ¿Por qué? Porque la pulsión no se satisface, la pulsión siempre quiere más. La pulsión insiste. Una forma graciosa de explicarlo es lo undead. Lo no muerto. El zombie es la pulsión: se satisface comiendo carne, pero a la vez no se satisface. U otro ejemplo: se muere otra persona, y se queda con una erección. El mismo ataud tiene que modificarse para recibir al pene erecto. De igual manera, la pulsión que persiste.

Un amigo, Marcos, hizo este -a ver si lo podemos ver acá- esta diferencia del Cristo con el Che. Ustedes ya conocen esta mitología socialista donde el Ché es Cristo, y efectivamente el marxismo es una nueva religión. Hay otros marxistas que dicen que el marxismo es una ciencia, pero en el primer sentido, el Che es Cristo. De hecho, cuando muere, al lado suyo están dos guerrilleros, y a esto se hace referencia en muchas películas. Pero Marcos hace la diferencia entre estas dos imágenes: la muerte de Cristo es lo que se ha cumplido, lo que debía cumplirse, morir en la cruz por los pecados, y el cuerpo se relaja. Pero en el caso del Ché, por lo contrario, no descansa como Cristo. No experimenta la molicie. Esto no se ha cumplido: la pulsión no se satisface, persiste. El Ché es la pulsión, mientras que Cristo está relacionado con el deseo.

Miller habla de cómo es que Freud ve el concepto de pulsión, como varía con el tiempo. Primero va a sostener: pulsiones del yo vs pulsiones del objeto. Hay una pulsión que va hacia la preservación del cuerpo, y luego pulsiones que van hacia un objeto exterior. La libido está del segundo lado, del lado del objeto. Del otro lado, está la perduración del cuerpo. La libido está en el objeto. Está en la vuelta que la pulsión da en el objeto. Pero en 1911, viene la teoría del narcisismo. Mi cuerpo empieza a estar erotizado a través de la experiencia del espejo y la relación con la madre. El yo está libidinizado. Y la libido puede estar en ambos lados, entonces. De allí la famosa imagen de Freud de la boca que se besa a sí misma. Y la boca que se besa a sí misma precisa de otro para besarse a sí misma. La elaboración pasa acá por el hecho de que la pulsión rodea el objeto para alcanzar al propio cuerpo, es decir, que la pulsión es asocial. La pulsión apunta a satisfacerse con goce. Y en ese sentido, no es eros. El cuerpo busca satisfacerse a si mismo, pero a veces lo hace directamente y a veces lo hace con el objeto. Piensen en este chiste de los chicos “pasota” de España. Pasota es una persona que ya está pasada, que está de vuelta: ha vivido las pasiones y ahora tiene una relación más racional hacia la vida. “Ya estoy pasota, ya estoy más allá”. La idea es que la juventud en el mundo entero es cada día más pasota. Cuando hubo la elección de Ollanta Humala -todo eso es relevante porque ya vimos lo que es Humala – en un comercial, un joven decía “yo no me la juego”. “Yo no me la juego”, esa es la juventud pasota, cosa que no pasaba en los años 60. Un joven pasota le dice al otro: tú que prefieres, la masturbación o tener sexo con alguien. Y el otro piensa: bueno, yo creo que tener sexo, porque así uno conoce a más gente. Eso es, digamos, la boca que se besa a sí misma, a través del objeto, que en la frase contemporánea encuentra un asidero cuando alguien dice “me la hice linda”. Eso es lo que sucede. La pulsión es del Uno, no del Otro, y solamente utiliza lo Otro para el Uno. La pulsión es asocial. “Me la hice”.

Y luego viene la oposición entre Eros y Tánatos. Tánatos sería la pulsión de muerte y Eros la pulsión de vida. Y la pulsión de muerte no entra en el programa del principio del placer, porque la pulsión no se satisface con placer sino con goce. Y luego viene el argumento fuerte del ensayo que el superyo es el avatar de la pulsión de muerte. Y este avatar, que la pulsión de muerte se convierta en superyó, permite al programa de la cultura, sobreponerse al principio del placer. Vean ustedes: el goce no es placer. El placer es descargar tensión, el goce es algo que perturba. La pulsión de muerte no tiene que ver con el principio del placer, sino que descarrila la cultura en contra del placer del ser humano. Vean la página 165. Es como si la pulsión de muerte diece un giro sobre sí misma y eso formara el superyo. El superyo no es aquello que viene como una conciencia moral para que no nos matemos. No es lo que impide que el hombre sea el lobo del hombre. El superyo no es apaciguador, el superyo es algo que enloceque. El superyo exige, es algo que exige.

¿Por qué es que exige? Porque hay esta regla básica que ya está en Freud: mientras más yo renuncio, más culpable soy. El superyo es culpa. Por ejemplo: experimentan una culpa superyóica por no estudiar. Y entonces dicen “el día viernes es noche de estudio”. Y eso debería aplacar las cosas. Pero no lo hace. Mientras más uno renuncia, más culpable se siente uno. De manera que las personas con mayor conciencia moral, no son las personas más pacíficas, sino las que sufren más.

Con Immanuel Kant hay un giro copernicano en la ética. Hay algo distinto que ocurre con la ética, en este sentido: primero, considera dos éticas antes de Kant. La primera es la ética aristotélica. ¿Qué es lo que debe buscar el hombre? El soberano bien y este bien soberano le traerá al hombre la felicidad. Busco, digamos, parte del soberano bien es buscar el matrimonio y los hijos como algo que facilitará mi avance en el mundo. El soberano bien no está reñido con el placer. Cuando yo busco el bien, yo busco el placer. Por supuesto, acá hay una trampa: hay los buenos placeres y los malos placeres. Los malos placeres son placeres que me debilitan, que no van con mi conciencia. Y mientras yo esté cerca de los buenos placeres, estaré del lado de soberano bien, y todo irá más o menos bien. Se está bien en el bien. Y para eso se necesita una moral de amo que pueda sostener el justo medio: las relaciones sexuales están bien pero hasta cierto límite porque si no, uno empieza a perturbarse. Es la ética del justo medio, del amo prudente, de estar bien en el bien.

En un producto de la modernidad, que sería el utilitarismo, tendríamos una formulación que sería igual a la anterior: Jeremy Bentham o John Stuart Mill, y ahí van a ver una formulación en la cual el bien es aquello que causa placer al gran número, el bien causa felicidad al gran número. Una gran inversión social que alivia al gran número, y entonces, ese es el bien. Entonces el bien no está reñido con el placer, sigue la ruta del placer, de estar bien en el bien. Pero en el caso de Kant viene una cosa totalmente distinta sobre el bien y el placer. ¿Por qué? Porque en Kant está la máxima universal. Y esta máxima sugiere que debemos obrar solamente si es que nuestra obra puede universalizarse. Y etonces ahí hay ciertos problemas, porque Kant dice que yo no debo obrar guiado por el placer. Lo dice abiertamente: lo que generalmente yo siento cuando actúo éticamente es dolor, cierto dolor entra en mi cuerpo. Yo ni siquiera debo obrar si es que actuar de acuerdo a la ley moral (y con ley moral no lean religión ni lean moralismo, la ley moral es la siguiente: actúa si tu acción puede convertirse en máxima universal, si es que lo que haces puede valer para todos). Mentir no es una acción moral, pero decir la verdad sí.

Bien, hay muchas maneras de leer esto. Pero voy a decirles una manera de leer que es la manera lacaniana, y que viene del hecho de lo siguiente. De pronto viene alguien y escribe una carta abierta a Kant: “¿Qué pasa si ocurre esto? Yo y mi hermano luchamos por una causa justa. Y estamos siendo gobernados por un tirano. El tirano manda a su policía, y la policía toca la puerta y me pregunta dónde está mi hermano”. Según Kant, tal vez debería entregar a mi hermano. Y eso es lo que efectivamente Kant responde a la carta. De allí la idea de que esta máxima universal es una exigencia sin sentido, una exigencia que me empuja hasta un límite, que se desprende del placer, algo de dolor se siente. Es como la máquina del pensamiento que se libera y tortura la carne, le exige estupideces. Si quieren otra lectura, lean a Alena Zupancic. Pero bueno, la exigencia ética sin sentido, la exigencia que destruye lo sensato, porque esa también es una lección de Kant: que la razón se desprenda de lo sensato. Hay este libre que se llama “The ethics of Star Trek”. Y se lee Star Trek de acuerdo a la ética: ¿cuál es la ética de Star Trek? Y su ética es la kantiana. De 150 episodios de Star Trek, 127 va por una ética kantiana. Un ejemplo: hay un planeta que se está muriendo por sobrepoblación. Cada semana mueren millones. Y ellos necesitan irse a otro planeta y en ese otro planeta todo estará bien. Ahora, los que viven en este planeta sobrepoblado, si es que ha llegado a este nivel, es que tienen que ser católico. Los que viven en este planeta son, digamos, la imagen de los rudos irlandeses. Y del otro lado está este grupo que sería suizos. Son todos fieles a la etiqueta, muy refinados, bien vestidos. Y entonces hay un embajador que tiene que oficiar la negociación entre los irlandeses y los suizos y cómo se negociará el traslado. Y para ello él tiene un poder mágico que puede succionar energía: succiona energía de la gente para poder performar. Y para poder performar bien, va a succionar la energía de Diana Troy, que es el ídolo sexual de la serie. Y el capitán le dice “eso es totalmente indebido”. Y le responden “mire, es cierto, lo que yo quiero es estar bien en estas negociaciones”. Y el capitán le dice “eso está mal, porque está violando la libertad personal de esta persona”. El capitán sostiene una ética kantiana. No importa que millones mueran, sino que hay que preservar este cuerpo. Uno podría decir que hasta cierto punto, en Hollywood se va a encontrar que se prefiere a los obstinados éticos. Esos son los que se van a apreciar. Es el superyo y la pulsión en Whiplash, digamos. La pulsión que es el chico que quiere tocar batería, y el profesor sería el superyo. El profesor dice “nadie entiende. Hubo un trompetista famoso que cuando tcó mal una nota, otro trompetista le tiró encima una trompeta. Y el otro no se rindió sino que practicó y se convirtió en un gran jazzista. Yo quiero crear al próximo Charlie Parker”. Esa es mi exigencia. Exigir más allá.

Entonces en Kant está esta exigencia: un Sade, una exigencia pulsional en Kant. Porque en Kant, la máxima universal no debe pensar nunca en lo ancentral, o en lo sensato, por ejemplo. Debe pensarse en la forma del argumento: no actues si es que no es una máxima universal. Y encima dice: “tú puedes sostener esto, y tú puedes porque debes”. Y eso en Whiplash produce cierto goce. ¿Porqué Sade dentro de Kant? Superyo, Kant = Pulsión, Sade. Porque en Sade, Sade no es un hedonista. Sade no hace las cosas de acuerdo al placer. Sade es toda una construcción distinta al hedonismo. El libertino no es el que se entrega a su placer inmediato, no es el que se entrega a la espontaneidad del placer. El libertino tiene que maximizar la obra del mal. Sade dice lo siguiente: el libertino obedece a la naturaleza. Y la naturaleza maximiza el mal. La naturaleza es destrucción. ¿Es realmente destrucción? Uno piensa en los terremotos, maremotos. Y sí, es destrucción, pero después de todo, el sol sale, la naturaleza nos da recursos. No es solo destrucción. Y de hecho un principio de lo natural es una interrelación entre la creación y la destrucción. Pero esa naturaleza la detesta (es lo que llamará la naturaleza segunda). La naturaleza más profunda es básicamente la destrucción. Apunta a la destrucción. Dios es principalmente el bien, pero en su despliegue en el mundo uno encuentra el bien y el mal. Y el mal es una fachada del bien. En el caso de la naturaleza segunda, es lo mismo, una fachada de la naturaleza profunda. El libertino debe maximizar la destrucción: se trata además de una sensualidad fría, porque algo debe perderse para maximizar la destrucción donde hay un placer superior.

Hay una exigencia entonces pulsional. No es el placer: Sade no es en ningún caso el Decameron de Bocaccio. Sade no tiene nada que ver con Bocaccio, no tiene que ver con los hedonistas. Sade es una construcción propiamente moderna. Tienen ustedes 20 páginas de transgresiones seuxales, y luego 20 páginas de filosofía, y así al infinito. No es fácil leer a Sade, y las cosas van en aumento, in crescendo. En Julieta, por ejemplo, hay dos hermanas: Juliette y Justine. Justine es la hermana buena, y a la buena todo le va mal porque el mundo es perverso. Sufre y todo. Y los libertinos le dicen que es porque es una idiota. Del otro lado está Juliette, que es la mala, y todo le va bien. Juliette asciende, se convierte en una noble, y orgía tras orgía, ya no basta. Traen a los niños del pueblo y les cortan la cabeza mientras a ella la masturban. Es la insistencia pulsional. La pulsión no se satisface con placer. Lo que existe en Kant y en Sade es una exigencia pulsional que es propia de la modernidad. Eso no quiere decir que Lacan sea alguien a favor del retorno a los saberes ancestrales, sino que trata de dar cuenta de estas economías libidinales.