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Publicado originalmente en el Newstateman en inglés el 10 de enero del 2015:

Ahora, cuando todos estamos en estado de shock después de la masacre en las oficinas del Charlie Hebdo, éste es el momento correcto para llenarse de valor para pensar. Deberíamos, por supuesto, condenar unívocamente los asesinatos como un ataque a la sustancia misma de nuestras libertades, y condenarlos sin cualquier advertencia oculta (del estilo de “no obstante, Charlie Hebdo estaba provocando y humillando demasiado a los musulmanes”). Pero tal sentimiento de solidaridad universal no es suficiente – deberíamos pensar más allá.

Tal pensamiento no tiene, sin embargo, nada que ver con la relativización barata del crimen (el mantra de “quiénes somos nosotros los occidentales, perpetradores de terribles masacres en el Tercer Mundo, para condenar esos actos”).  Tiene incluso menos que ver con el miedo patológico de tantos izquierdistas liberales occidentales de caer en la islamofobia. Para estos falsos izquierdistas, cualquier crítica al Islam es denunciada como una expresión de la islamofobia occidental; Salman Rushdie fue denunciado por provocar innecesariamente a los musulmanes y así (al menos en parte) fue responsable de la fetua que lo condenaba a la muerte, etc.

El resultado de tal postura es lo que uno puede esperarse en tales casos: mientras más son los izquierdistas liberales occidentales que tantean esa culpa, más son acusados por fundamentalistas musulmanes de ser hipócritas que tratan de conciliar su odio al Islam. Esta constelación reproduce perfectamente la paradoja del superyó: mientras más obedeces a lo que el Otro demanda, más culpable te sientes. Es como si mientras más toleraras al Islam, más fuerte se vuelve la presión dentro de ti.

Es por eso que también encuentro insuficiente las llamadas a la moderación, en la línea de lo que Simon Jenkins reclama (en The Guardian el 7 de enero), que nuestra tarea es “no exagerar, no sobrepublicitar las secuelas. Es tratar cada evento como accidente pasajero del horror” – el ataque a Charlie Hebdo no fue un mero “accidente pasajero del horror”, sino que siguió una agenda política y religiosa y era como tal una parte clara de un patrón mucho más largo.  Por supuesto que no deberíamos exagerar, si por esto se entiende sucumbir a la islamofobia ciega –pero deberíamos inexorablemente analizar este patrón.

Lo que se necesita más que la demonización de los terroristas en fanáticos suicidas heroicos es un desenmascaramiento de este mito demoniaco. Ya hace mucho Friedrich Nietszche percibió como la civilización occidental se estaba moviendo en dirección al Último Hombre, una criatura apática sin pasiones o compromiso. Incapaz de soñar, cansado de su vida, no toma riesgos, buscando solamente la comodidad y la seguridad, una expresión de tolerancia con sus pares. “Un poco de veneno de vez en cuando: eso es suficiente para sueños placenteros. Y bastante veneno al final, para una muerte placentera.  Ellos tienes sus pequeños placeres diurnos, y sus pequeños placeres nocturnos, pero honran la salud. ‘Nosotros hemos inventado la felicidad’- dicen los últimos hombres, y parpadean.”

Efectivamente podría parecer que la división entre el permisivo Primer Mundo y la reacción fundamentalista contra él se asemeja más a más  a la oposición entre llevar una larga y satisfactoria vida llena de riqueza material y cultural, y dedicarle la vida a alguna causa trascendental. ¿No es este antagonismo entre uno y otro lo que Nietszche llamaba nihilismo “activo” y “pasivo”? Nosotros en occidente somos los Últimos Hombres nietzscheanos, inmersos en placeres diurnos estúpidos, mientras los radicales islámicos están listos a arriesgar cualquier cosa, comprometidos con la lucha al punto de la autodestrucción. “La Segunda Venida”, de William Butler Yeats parece ilustrar perfectamente nuestro predicamento presente: “Los mejores adolecían de convicción, mientras que los peores están llenos de intensidad apasionada”. Ésta es una excelente descripción de la división actual entre los liberales anémicos y los apasionados fundamentalistas. “Los mejores” ya no pueden comprometerse, mientras que “los peores” se comprometen en fanatismos sexistas, racistas, religiosos.

Sin embargo, ¿realmente se ajustan los fundamentalistas terroristas a esta descripción? Lo que obviamente les falta es una característica que es fácil discernir en todos los auténticos fundamentalistas, desde los budistas tibetanos a los amish en los Estados Unidos: la ausencia de resentimiento y envidia, la profunda indiferencia hacia los estilos de vida de los no creyentes. Si los así llamadas fundamentalistas de hoy realmente creyeran que han encontrado su vía a la Verdad, ¿por qué deberían sentirse amenazados por los no creyentes, por qué deberían envidiarlos? Cuando un budista se encuentra con un hedonista occidental, difícilmente lo condena. Él simplemente nota de forma benevolente que la búsqueda de felicidad del hedonista es contraproducente. A diferencia de los verdaderos fundamentalistas, a los terroristas seudofundamentalistas les molesta profundamente, les intriga, les fascina, la vida pecadora de los no creyentes. Uno puede sentir que, luchando contra el otro pecador, ellos luchan contra su propia tentación.

Es en este punto donde el diagnóstico de Yeats yerra en el predicamento presente: la intensidad apasionada de los terroristas da testimonio de una falta de verdadera convicción. ¿Cuán frágil debe ser la creencia de un musulmán si es que se siente amenazado por una caricatura estúpida en un periódico satírico semanal?  El terror fundamentalista islámico no está basado en la convicción de superioridad del terrorista, y en su deseo de salvaguardar la identidad cultural religiosa del embate de la civilización consumista global. El problema con el fundamentalismo no es que los consideremos inferiores a nosotros, sino, que en vez de eso, que ellos mismos se consideren inferiores.  Es por esto que nuestro condescendiente, políticamente correcto convencimiento de que no sentimos superioridad hacia ellos solamente los pone más furiosos y alimenta su resentimiento. El problema no es la diferencia cultural (el esfuerzo de preservar su identidad), sino el hecho opuesto, el que los fundamentalistas ya son como nosotros, que secretamente han internalizado nuestros estándares y se miden a sí mismos por ellos. Paradójicamente, lo que les falta realmente a los fundamentalistas es precisamente una dosis de esa verdadera convicción “racista” de su propia superioridad.

Las recientes vicisitudes de los fundamentalistas islámicos confirman la vida intuición de Walter Benjamin de que “cada ascensión del fascismo es testimonio de una revolución fallida”: la revolución del fascismo es el fracaso de la Izquierda, pero simultáneamente una prueba de que había un potencial revolucionario, insatisfacción, que la Izquierda no estuvo en capacidad de movilizar. ¿No se sostiene eso también para el hoy llamado “islamofascismo”? ¿no es el aumento del islamismo radical exactamente correlativo a la desaparición de la izquierda secular en los países musulmanes?

Cuando, en la primavera del 2009, los talibanes tomaron el valle de Swat en Pakistán, el New York Times indicó que ellos ingeniaron una “revuelta de clase que explotaba las fisuras profundas entre un pequeño grupo de acaudalados terratenientes y sus arrendatarios sin tierras”. Si, comoquiera, “aprovechándose” de la situación de los campesinos, los talibanes están “levantando la alarma sobre los riesgo de Pakistán, que se mantiene en gran medida feudal”, ¿qué es lo que previene de los demócratas liberales en Pakistán así como en los Estados Unidos a “aprovecharse” de manera similar de esta situación y tratar de ayudar a los campesinos sin tierra? La lamentable implicación de este hecho es que las fuerzas feudales de Pakistán son las “aliadas naturales” de la democracia liberal…

¿Entonces qué pasa con los valores fundamentales del liberalismo: libertad, igualdad, etc? La paradoja es que el liberalismo por sí solo no es suficientemente fuerte para salvarlos del embate fundamentalista. El fundamentalismo es una reacción –una falsa y mistificante reacción, por supuesto- contra una falla real del liberalismo, y por eso es que es generado una y otra vez  por el liberalismo. Dejado a su suerte, el liberalismo se minará a sí mismo lentamente – lo único que nos puede salvar son los valores fundamentales de una nueva izquierda.  Para que este legado clave sobreviva, el liberalismo necesita la ayuda solidaria de la izquierda radical. ESTA es la única forma derrotar al fundamentalismo, de barrer el piso en el que se sostiene.

Pensar en respuesta a los asesinatos de París significa abandonar la petulante autosatisfacción de un permisivo liberal y aceptar que el conflicto entre la permisividad liberal y el fundamentalismo es en última instancia un falso conflicto- un ciclo vicioso donde dos polos se presuponen y se generan uno al otro. Lo que Horkheimer haya dicho sobre el fascismo y el capitalismo ya en la década del 30 – aquellos que no quiere hablar críticamente del capitalismo deberían callarse también frente al fascismo –debería ser aplicado al fundamentalismo actual: aquellos que no quieren hablar críticamente sobre la democracia liberal también deberían guardar silencio frente al fundamentalismo religioso.