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Un reciente artículo de opinión publicado en The New York Times titulado “Convierte a tu hija obsesionada con las princesas en una feminista en ocho sencillos pasos” parece haber causado varias voces de alarma, entre ellas, las de un columnista de Altavoz.  Así, Renán Ortega escribe “¿Ha llegado el feminismo demasiado lejos?”, donde señala que la posición feminista que esgrime Devorah Blachor, “muestra un aspecto bastante más peligroso del feminismo”. La polémica es más o menos así: Blachor “analiza”, medio en serio, medio en broma, varias películas de Disney, y las critica desde una lectura feminista.

Para Ortega, hay algo de dicotómico y peligroso en la lectura de Blachor, especialmente en su lectura de “La Sirenita”, la conocida película de 1989, porque Blachor basaría su crítica al Rey Tritón, y al hecho de que este tenga la simbólica propiedad sobre el cuerpo de Ariel, en que Tritón es hombre. Así,  “creo que cuando llegamos a generar dicotomías entre lo bueno y lo malo dándole un mayor peso al sexo, hemos llegado demasiado lejos. Creo que ese no es el camino que debe seguir el feminismo”, señala el artículo,  frase con la que coincido totalmente.

Y entonces ¿Importa que el Rey Tritón, simbólicamente quien tiene la propiedad sobre el cuerpo de su hija, sea un hombre? Esta parece ser la pregunta clave sobre la que se basa todo el artículo, pero que no es respondida de manera adecuada, y aquí el columnista falla en complejizar la respuesta a esa pregunta. Argumentaré el porqué de esa falla.  Para Ortega, la respuesta que da Blachor, a saber, la respuesta de “muchos feministas”, es que sí, que sí importa que Tritón sea hombre, y de allí se deriva su negativo “patriarcado”, que sus actos son juzgados en base a que es un hombre, y que de ser mujer.  ¿Importa realmente que sea un hombre? Digamos que, de cierto modo, no y sí importa, y es que ambas respuestas se mueven en niveles diferentes.

A un nivel micro, el del filme “La Sirenita” por sí solo (el del “texto”), no importa demasiado. Digamos, que si en vez de ser Tritón, el rey fuera una nereida, un espíritu femenino del agua, y de igual forma sostuviera el poder sobre el cuerpo de la muchacha sirena, la lógica sería la misma, cierto nivel de patriarcado/autoritarismo que no cambia y no es definido por su sexo.  Pero a nivel macro, el nivel del universo de las películas de Disney (el del contexto), sí importa. ¿Por qué? Porque se asignan “modelos de autoridad”, por decir lo menos, dependiendo del sexo de los personajes, en la mayoría de películas de Disney. Hombres con autoridad igual a buenos, mujeres con autoridad igual a brujas, modelo que recién se empieza a cuestionar hacia los años 2000 (“Maléfica”, “Frozen” y más).

Uno podrá argüir que, a) no es tan simple, lo cual es correcto, es una generalización grosso modo pero que no deja de ser cierta, y b) esa distribución de autoridad es verosímil con la época en la que se produjeron los cuentos, lo cual también es correcto, pero la idea del artículo de Blachor es hacer una lectura creativa y crítica de los textos. La pregunta que sigue Blachor sería la de cómo leer estos textos si es que estos modelos de realidad ya no son (¿ya no deberían ser?) verosímiles, y entonces apuesta por una lectura “feminista” medio en serio, medio en joda.

Hasta ahora, los diferentes niveles de respuesta, el nivel micro y el nivel macro, a la pregunta si importa o no que Tritón sea un hombre. Pero ahora un lector atento dirá: “nada de eso confirma que la lógica de Tritón o nuestra hipotética nereida sea una lógica patriarcal”. Revisemos entonces el fragmento de Blachor que causa tanto conflicto a nuestro columnista antifeminismo.

“Finalmente, dile que es muy lindo que Ariel y Eric se pudieran casar, pero es una pena el hecho de que el Rey Tritón tuviera la palabra final sobre el cuerpo de Ariel en decidir si debería ser un pez o un ser humano”. Blachor se refiere, por supuesto, a que hacia el final de la película, el final feliz, es producto de la acción de Tritón, quien usa sus poderes mágicos para finalmente convertir a Ariel, la sirena, en una humana. Y es un final, ojo, inserto por la dirección de la película de Disney (entre otras cosas) para suavizarla.

¿Importa demasiado este cambio? En el cuento original, la sirenita muere. Muere y está condenada a la muerte desde el principio porque el príncipe está enamorado de otra mujer.  De hecho, en el cuento original la sirenita es algo así como un héroe trágico – romántico: su final es la muerte porque en  la muerte encuentra cierta purificación. Pero esa no es la lógica contemporánea, ese argumento no funcionaría.  Entonces Disney arregla el argumento e inserta un final feliz, una recompensa para la heroína sirena. El problema con este final, más allá de ser patriarcal o no, es que destruye toda la lógica de la película.

Se diría que la acción de Tritón, la de darle piernas a Ariel, es un “Deus Ex Machina” (traducido, un dios salido de la máquina), del mismo modo que los mecanismos que surgían desde detrás del escenario para mágicamente transformar el final de  tragedia de Aristófanes en la antigua Grecia. Aristóteles tenía un problema con este tipo de finales. No los sentía naturales. ¿Por qué? Porque la primera pregunta que surge es que, si Tritón tenía el poder de darle piernas a Ariel, ¿por qué no lo hizo desde un principio? ¿Es que se trata de un padre sádico que gusta de ver sufrir a su hija, que la expulsa cuando ella va en contra de sus deseos, que disfruta de ver a Ariel combatir contra una “gorda mujer pulpo”?

Aquí hay varias cosas que se podrían decir. “La Sirenita” no sería, entonces, la historia de una chica sirena que lucha contra viento y marea (literalmente) por conseguir el “verdadero amor” y que gracias a su lucha, consigue convertirse en humana. Y siguiendo esta línea, uno podría decir que “La Sirenita” es más la historia de los miedos del padre por perder a la hija, pero… ¿la película se llama “La Sirenita” o “El Rey Tritón”? La introducción de la acción de Tritón no solamente le da un final feliz a la historia, sino que, de manera solapada, destruye su lógica interna, y revela sus defectos. Por supuesto, estamos exagerando. Pero en la exageración hay algo de verdad, cierta vena que se centra en el miedo de perder a alguien, de no poseer. Y uno puede asimilarlo a un régimen familiar conservador, o a una lógica patriarcal. Creo que ambas opciones son lecturas válidas.  Y hasta aquí el análisis interno de la estructura “micro” de la película.

Volvamos entonces al quid del asunto. ¿A nivel micro, hay algo patriarcal en la lógica? Espero haber demostrado que algo de eso hay, si bien no lo es todo. ¿A nivel macro, hay algo patriarcal? Definitivamente.  El artículo de Blachor se mueve, sin mucha rigurosidad académica realmente, tanto por el nivel micro como  el nivel macro de “La Sirenita”, dimensión que Ortega parece ignorar, tal vez por motivos de espacio, y allí la falla de su argumentación.