Cuando la escritora Tununa Mercado regresa a la Argentina pos dictadura militar, se encuentra a sí misma traumada, y con la incapacidad de narrar y representar este trauma. Uno de los efectos de este trauma es lo que Mercado llama el “trauma vestimentario”. Vestirse le produce terror. Se niega a comprar ropa nueva. La única forma de vestirse que encuentra es vestirse con la ropa de aquellos amigos que han fallecido. “Cuando recibo en herencia o como recuerdo la ropa de algún amigo o amiga que acaban de morir, me visto con ellos; tengo la sensación de que los llevo puestos y hasta siento llevar sus mortajas, pero no me da miedo o aprehensión, sino consuelo”.

Por la misma época en la que Tununa Mercado vuelve a Buenos Aires (en 1987), el Perú vivía lo peor de la arremetida terrorista y la sangrienta respuesta del gobierno peruano. El ícono por antonomasia de aquella respuesta mal llevada, peor analizada, y terriblemente implementada se llamaba “Los Cabitos”, en Huamanga, Ayacucho. Un cuartel militar en el que se torturó, violó y mató a decenas, si es que no cientos, de pobladores y pobladoras durante varios años.

“Los Cabitos” genera una grieta en nuestra visión del Perú, de su historia oficial, de la historia oficial del Estado Nación. Y no es una grieta cualquiera: “Los Cabitos” es un espacio que nos demuestra que la historia no es tan fácil de contar en términos absolutos y dicotómicos, que no todos caen en la categoría de buenos y malos, que el relato de nuestra historia ya no se puede pensar así, si es que alguna vez se ha podido pensar así.

“Los Cabitos” nos demuestra que existen, según la definición del italiano Giorgio Agamben cuando analiza el testimonio del sobreviviente del holocausto Primo Levi, algo conocido como “zonas grises”, allí donde la crueldad de los delitos llega a desestabilizar el concepto mismo de justicia y a confundir las categorías víctimas / victimarios (sin restarles culpa a quienes cometieron crímenes atroces, ¿no es válido preguntarse si es que los militares son síntomas a su vez de un sistema perverso, alienante y que exacerba la violencia y el machismo?).

Si lo que Tununa Mercado hace en el fragmento antes citado es revelar una instancia corporal, material del trauma del exilio, eso mismo hace Giorgina Gamboa, una de las mujeres víctimas de violación por parte de 7 militares en el cuartel de Vilcashuaman (otro de aquellos centros de horror), cuando decía en una audiencia que “unos vivimos nuestro cuerpo sabemos, porque una persona que no vive nuestro cuerpo no saben”. E incluso más cuando recuerda que los “sinchis” robaban las ropas y las fotos de las familias de los desaparecidos. La “guerra” también se libra en ese espacio personal, en la memoria corporal, en la dimensión material más íntima de las personas, aquella ligada a su propia subjetividad.

De allí que revelar las ropas, los vestidos, las indumentarias encontradas en “Los Cabitos” (como los testimonios de las víctimas del terrorismo) no solamente tiene un valor documental en el sentido estricto, no solamente comprueba quiénes estuvieron en el infame centro militar. Revelar las ropas es revelar la materialidad de las consecuencias del terrorismo y el contraterrorismo. Permite entender una dimensión que podría ser opacada por un discurso meramente legalista o jurídico. Permite reconstruir no solamente el pasado, sino especialmente el presente.